"carnal me gusta el alma y con alma la carne", lezama lima

30 de mayo de 2003

Una siesta mató a su gato. Posaban para el lente diurno invariablemente de 4 a 6 de la tarde, en el cheslón del comedor. Una larga fila de puntos amarillos hacían el rayo que calentaba el sueño. Novo miraba de reojo al gato, y el gato a Novo. Para saber que seguía ahí, con su timidez escondida tras los párpados, pero ahí, todavía. Hasta que escampara la tarde. El trato implícito era no moverse; a ninguno le gustaban las caricias del animal de a lado. Pero un día Novo llegó pedo, y paso la tarde con una cruda tan cruel, que se olvidó de sí mismo, y de su compañero taciturno y peludo. Se recostó sobre él hasta asfixiarlo. El gato inmóvil todavía estaba caliente y tierno, cuando Novo vomitó bocabajo, despertó, y encontró el saldo de su gracia.
A Lichfrida Carles se le agrieta el rostro cuando piensa. La palabra futuro le hace cosquillas en la garganta y la sien, pero conforme se extienden sus vocales la cosquilla va recorriendo con zapatos de metal de la nuca a la cabeza, hasta que un ruido de fábrica se instala en la bodega de sus ilusiones. Lichfrida aprieta los labios para contener el dolor, pero un músculo del cachete se le atora con las muelas, y sangra.
La palabra futuro corta, corta hasta detenerle el aliento. Entonces Lichfrida cambia de palabra; escoge infancia, para acolchonar. Y de esa palabra emerge el eco de los gritos, las risotadas, los cuchicheos colegiales, el llanto en la estación de camiones, trinos de aves en la playa, Yuri cantando pasa ligera la maldita primavera en la radio en medio de un fuerte olor a cloro y pino. El olor nubla la vista desde dentro. Y Lichfrida cae de rodillas a la cama, intentando con bocanadas de aire tomar un libro que le brinde guarida. Acerca uno cercano, y querido, Obras completas de César Vallejo.
Las yemas de los dedos pasan las hojas, y salta trilce a cobijarle el espanto. Lichfrida permite que su dolor avance a tientas sobre la cama, y después se interna el mar. Esa noche un ostión en su concha es capturado por los pescadores de algún puerto escondido en las costas de Petatlán.

28 de mayo de 2003

Tea Moreno no siente ninguna vergüenza para posar voluntariamente desnuda en medio de la Plaza de Santo Domingo; a ver si algún fotógrafo que la retrate, un artista que la pinte, un impresor que digite sus huellas dactilares en una piel ajena. Una impresión que la transmute y la convierta en estatua de piedra virreinal o en papel de invitaciones. Un tacto mágico que la convierta en vestigio del asombro.
Los transeúntes la miran, y los vendedores le chiflan. Unos chiquillos de 3 a 8 años acercan su sorpresa a carcajadas, y con sus dientes la convierte en mazorca alada.
Tea moreno se desprende de su cuerpo y vuela sobre el primer cuadro de la ciudad.
Una lluvia de elotitos se anuncia en el periódico vespertino, y las aves grises y los mendigos de las plazas desayunan sin tener que salir ese día a estirar el pico o la pata.
Después de unos días, todos olvidan el suceso. En esta ciudad, desde adentro, y en el fondo, puede suceder cualquier cosa.

27 de mayo de 2003

Novo Pírez en la ciudad.
Novo Pírez salpica cuando habla. No dice mucho, pero se emociona harto si puede dar su opinión. El parabrisas de su taxi tiene ya una capa de gotas blancuzcas, producto de sus conversaciones ruleteras. Se detiene ante un semáforo cuya luz es intensa. Pero azul. Novo no sabe qué hacer, ¿seguir?, ¿dejar pasar?, ¿detenerse?, ¿hasta cuándo? ¿Será una nueva señal urbana? Novo tiene el auto encendido, pero duda. Pasajero a bordo, y con prisa, lo hubiera presionado para tomar una decisión. Pero está solo. Y lo peor es que no fuma, y no hay alguien a la mano para preguntar. No hay carros a la redonda. Todo esto comienza a rascarle donde pica. Toda la vida le enseñaron cómo moverse; si verde, sigue; si rojo, para; si amarillo, calcula. ¿Azul? Novo Pírez encoge los hombros. Apaga el auto, y lo abandona, en medio de aquel nocturno desierto asfáltico.
Lichfrida Carles en el parque.

Lichfrida Carles está comiéndose un helado de kiwi sentada en la banca de un parque. Inventa conflictos diurnos que le masturban la ansiedad. Después de cada venida se derrite una gota que cae al suelo como chaparrón de hormigas. Su cuerpo ni se inmuta. El día recorre un viaje largo en soles con las maletas repletas de rayos que le queman las manos. Lichfrida recorre con la punta de la lengua la bola chiclosona de hielo verdiamarillo. Después de sondear los resultados de preguntas complicadas y respuestas posibles sobre su vida ordinaria y aburrida, decide que mejor indagará de otra manera, de otro sazón. Se levanta con parsimonia para acercarse al don del carrito de paletas. Le compra una de grosella, como para no errar. Regresa a la misma banca, y reinicia el juego metafísico. Mira fijamente los ojos de la paleta. La increpa, pues el nuevo sabor le ha dado fuerza y confianza para amarrar navajas: ¿Y qué si todas estas preguntas las confeccionas tú detrás de mi espalda? ¿Tú, la que requiere de respuestas?
Mordisquea retante. Pero la paleta completa se le cae al suelo.
Tea Moreno se siente verde.

Tea Moreno se siente verde. Su boca está seca, y su respiración es difícil. El pulso es indeciso. Pero no tiene mucho tiempo para detenerse a reparar en la causa o cura de estos síntomas. Trae bajo el brazo un fólder con documentos para firma.
Camina por la calle de Argentina esquivando las cuerdas que sostienen mantones de plástico barato; rojos, verdes, azules, de repente un amarillo o naranja. Mismo material con que hacen los impermeables que venden en los partidos de los pumas o en las marchas antibélicas o estudiantiles. Debajo de ese techo informe y multicolor habitan seres oscuros con la mirada puesta cada quien en distinto pedazo de lo visible. Un libro, una olla con arroz, un garrafón que vierte su líquido, un bebé que se amamanta intranquilamente, un vendedor de pulseras, un loco de barbas sin casa que revienta botellas en el piso, justo en un sitio donde cuelga un letrero que dice “respete la imagen de la calle. no tire basura”. Un ciclista que comienza el recorrido en contrasentido de Tea le susurra con maliciosa valentía, reiiiiina. Tea vuelve a sentirse verde y temblorosa. Y deja la observación para apresurar el paso, pero aguza el oído. Suena, desde la esquina del Carmen, una tambora pirateada, una tambora tecnopunchis que parece dirigir los movimientos de aquel cruce de caminos. A su ritmo se levantan los puestos, se cierran bolsas, se cargan cajas, se conducen carritos con mercancías chinas, se venden aguas de sabor refrigerado, se barre y se tira basura, independientemente de lo que digan los cientos de letreros pintados a mano que hay por todos lados. Todos están concentrados, pero todos gritan cuando se hablan, todos se chiflan cuando se tocan, todos se escupen de espaldas. Un bicitaxi roza intempestivamente la espalda de Tea, va por a’i, va por aí. Tea reverdece.
El recorrido termina donde comienza la puerta. Un policía guarece un centro cultural que casi nadie visita, pero en el que trabaja mucha gente. Entran y salen como si adentro se repartieran papeles importantes para la vida. El lugar tiene un aspecto de casi hermoso, pero huele como si sus muros le dolieran de ausencias. El edificio está a punto de llorar, pero las piedras hoscas se lo impiden. El edificio es un niño encabronado, enamorado, abandonado. Viste un traje de fiesta desde hace sesenta o setenta años que trae a colación la imagen de una gala congelada, cuyos comensales se hicieron de seda. La respiración de Tea se detiene frente a aquella monumental tristeza. El policía está destraido, y ella –que prefiere no dejar registro de su paso esa tarde por ahí—se escabulle sin que nadie observe su presencia. Sube aceleradamente las escaleras, de dos en dos escalones para hacer más ejercicio, como si lo requiriera, como siempre. Abre con las dos manos una puerta de madera inmensa, cuadriculada con mil puertecitas, una puerta de madera buena y vieja, que deja su vaho en el abrirse y cerrarse. Tea atraviesa un umbral. Todo el ruido se va. Todos los olores se escapan. Entra a una oficina recién abandonada. Las computadoras están prendidas, las puertas de los cubículos abiertas, alguna de ellas oscila todavía, los foquitos de las máquinas eléctricas todavía tintinean, una cafetera escupe las últimas gotas sobre una taza que se desborda, se oye el eco del último jalón del escusado, las ventanas se azotan, y un teléfono suena insistentemente. Tea espera, no da ni un paso. Espera a que algo o alguien regrese. Y nada ni nadie regresan. Tea Moreno puede darse cuenta que todo tiene un tono sepia, que todo está fuera de foco. Pero no se mueve. Su respiración se agita, una súbita taquicardia le muerde el corazón. Trastabillean sus huesos y dientes. El sudor le recorre el cabello y le chorrea las manos. El escalofrío le deshilacha los calcetines. La madera del suelo cruje, y ella sigue sin dar un solo paso. El fólder con los papeles a firma que lleva en las manos se le resbala y cuando cae se oye un estrepitoso quebrar de ventanales. Sus ojos se cierran, y se desvanece. Pero otro cuerpo la retiene, la carga y la lleva a una silla. Le da de beber un poco de agua, y la mira fijamente. ¿Qué desea?, le pregunta. Venía a que me firmaran estos papeles, son urgentes. No te preocupes, orita yo te los recibo. Déjame encontrar el sello de recibido, a ver, por aquí está, ajá, y son las siete y media, okei, listo. Aquí está tu acuse de recibido, y la firma facsimilar del director. Tea está mareada...y escucha a medias lo que le dicen. Toma su fólder y recupera las fuerzas para levantarse y llegar hasta la puerta. Un suspiro de árboles fríos acompaña su andar hasta la pesada puerta. Se detiene antes de abrirla. Está dispuesta a salir, pero decide mirar para atrás, en la silla de la recepción no hay nadie, y todas las luces están apagadas. Iluminan el piso los últimos rayos solares, y la sombra de un cuerpo ajeno desaparece. Entonces Tea se siente verde, se le parten los labios y la lengua. Se le atraviesa el aire en la garganta. Un dolor de uñas se le encaja en el vientre. Pero no tiene mucho tiempo para detenerse a reparar en la causa o cura de estos síntomas.Camina por la calle de Honduras esquivando las cuerdas que sostienen puestos ambulantes. Trae bajo el brazo un fólder con documentos para firma.

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