"carnal me gusta el alma y con alma la carne", lezama lima

26 de junio de 2003

Historietilla

La muchacha quedose dormida en las faldas del árbol del Tule. Despertose y encontrose corriendo a un conejo que iba corriendo muy rápido con una i-book bajo el brazo. "Voy a llegar tarde, decía, la Duquesa me va a poner como camote". La muchacha lo siguió a pasos largos; una puerta medio madrigueresca se abrió y ella se metió sin pensarlo. Cayó en un túnel muy profundo, pero a una velocidad muy lenta. En él había imágenes digitalizadas de un atardecer en Real de Catorce, una vieja de pelos morados subida de tono en La Hija de los Apaches, un bebé mordiéndo la teta de su madres, una Alicia siniestra con un cuchillo oficiador de torturas, un sombrerero loco, desparpajado y sucio que chateaba todo el día con una Libre de Marzo (amante de los sexchats), una margarita margarota, y un Ulises Milla, autor de otra Alicia. Después todo adquirió una velocidad desenfrenada, y la muchacha cayó de sopetón, se nalgas sobre un piso de cemento muy duro. Era la realidad, y no el País de Las Maravillas. Se encontró de frente, también de sopetón a un sureño de acento decantado, era Ulises Milla, que le regaló, a regañadientes, la posibilidad de llevarse con ella los pixeles de una noche de creaciones y borrachera (seguramente). La muchacha tomó los pixeles y los metió en su bolsito, lo que hizo con ellos será motivo de otra historietilla...si la botellalmar se lo permite....

21 de junio de 2003

Para azoteas, la mía, carnal.

Este es el juego de Juan Pirulero, el que se raje es un culero. Esta es una página de contenido familiar y política decente, el que abra páginas prono, también es un culebro.Este es una casa retórica, apostólica y remona; por favor, nosté chingando cualquier hijo de vecina.Esta es una pinche vieja loca que me está rondando la maceta; a'i échemele un ojo, porque si no si vengo y se lo despojo.

Hay gente que nomás roba aire. Gente que debió quedarse embarrado en una sábana. Que debió asfixiarse en el cunero. Pero, acá entre nos, este pinche coraje que traigo: más baras que la carne de gato. Ni pedo.

¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! Nadie responde; mi perro está jetón. De sopetón que me levanto, y que deveras que está Don Fredo, bien bien pedo, colgado de la desa, de la azotea; como que haciendo que se va a tirar. La Karen y la Natalia están chillando ¡Papaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Y ese güey: ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos!

Por fin, bajo a abrir el portón. El Yonki está ladrando bien fuerte, bien asustado, porque ya también sintió al borracho en nuestra azotea. Abro, me asomo, y está toda la caballada, mano. Y nada, que nadie lo convence. ¡Órale, güey, ya tírate; queremos ver sangre, puto! Y las chamacas; la Karen: ¡Papacito, por favor, ya bájate, te vas a caeeeeeeeeeeeeeeeeer! Y chale, con los chillidos de la vieja. Requetechillona, gritoncita, pues. Y la esposa, dicen, la Señora Mari: ni madres que va a andar saliendo a convencer a ese pendejo, bueno para nada, viejo teporocho. Y no la mueven de su cama; está viendo la novela.

Ya está, ora sí, ladrando todos los perros de la cuadra; todas las chamacas gritando; los chemos ya se sentaron pa' ver el espectáculo, y el güey ahí. Yo en piyama; me pidieron que les prestara los colchones de todos los cuartos vacíos, ...pero yo todavía no había visto al ñor, o sea que estaba tranquilo. Les di tres, y, además, llamé a los bomberos (no mames, 6 pinches llamadas y las líneas ocupadas).

Bueno, total que la banda puso ahí los colchones, y todo mundo empezó a sacar su colchón. Bueno, ya nomás faltaba sacar la ollita de los tamales y el café, porque eso ya era una cosa. Y Don Fredo: ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! Pe-dí-si-mo.

Total que medio me visto, y voy a verlo, y no mames, se me fueron los güevos hasta el suelo, y luego rebotón en la garganta. El ñor estaba haciendo como que ya se iba a dejar caer. Y había de todo: ¡Que se eche, que se eche! Y el Beto, allá arriba, con las puntas de sus dedos, como a 10 centímetros de él: ¡Ya vente, papá! ¡Vente, papá! ¡Papá, vente! Y Doña Mari, inmutada, viendo la novela. Yo con el corazón y los huevos en la mano. La banqueta, eso sí, estaba preciosa, con todos los colchones, unos hasta con sábanas, y creo que almohadas. Lo malo es que había llovido.

Los bomberos nunca llegaron. Beto y los demás lograron agarrar, literalmente, al papá. Y nos tuvimos que llevar, cada quien su colchón, sus güevos, y su morbo, metido en la garganta.

El Yonki, dejó de ladrar. Me fui a echar unos alcoholes con la banda. Después, no supe si en la vida real o en el sueño, me puse a gritar: ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos!
Pe-dí-si-mo.
Y POR SI JUERA POCO, EL INSOMNIO
Bola grande de nervio contra nervio
Mano floja de dolor contra el cansancio
Alarido somático de esta descomposición de la última baba de mi ego.
¡¡Jejeleja, qué pendeja --muelas abiertas!!
Niño jodón que me toca con pluma de gallo las orejas,
chingaa, no me deja dormir, chingaa.
Y tos,
y flemas,
y guácala de perro camburcí: sí, sí, sí.
Niágara de moco en la garganta.
Rebelión de lo adentro del oído: pus moderna. [Una voz --de atrás-- me habla; yo ya no la escucho, más que con el lado izquierdo]
Charros, mano...y venas
venitas, varúnculos...
Piernas como guiaroji,
más bien, como mapa de carreteras.
--¿Y las uñas?--negras
para que combinen con las medias.
--¿En el dedo?-- un rubí,
pero en el del pie ¿¡eh!?

13 de junio de 2003

Nos preguntamos qué hemos venido a hacer aquí, qué lágrima guardábamos para verter aquí, y por qué, si no las lloramos en su tiempo propio, quizá por haber sido entonces menos el dolor que la sorpresa, sólo después vino el dolor, sordo, como si todo el cuerpo fuese un único músculo pateado por dentro, sin mancha negra que mostrase el lugar del luto.
El año de la muerte de Ricardo Reis; José Saramago.
NOVO PÍREZ. SIGUIENTE ENTREGA.

Comencé diciendo que se despertaría el 13 de junio alarmado por estar solo en el edificio. No estaba más que recreando el sentimiento del abreojos instantáneo después de haber larga nochemente dormido y en profundidad, cuando un trinar de pájaros ajenos, la escoba restregando la banqueta, el tupido tránsito y distinto, o solo una pared blanca aparecen ante tus ojos y tus oídos para decirte, tú no estás aquí, aquí se fue, estás en otra cama, no es la tuya.
La sensación dura unos segundos, porque la bondadosa memoria viene a recordarte en casa de quién dormiste. Estoy segura de que eso sólo ocurre cuando de veras te duermes en casa de veras distinta, de veras. Porque ese instante de incertidumbre incluye no reconocer paredes, olores, ruidos matinales. Claro, cuando amaneces crudo, la cosa es distinta. Pero estaba yo queriendo despertar a Novo el 13 de junio, alarmado por estar solo en el edificio. Pero no era eso. Se despertó y tuvo la tímida incerteza de estar, ahí, despierto, y completo. Se le figuraba que había dormido con la anfitriona de la fiesta, pero de seguridad: nones. Avanzó semidesnudo a tientas, ojos abiertos a medias tintas, hacia el baño: nones. Entró a todos los cuartos, la cocina, el refrigerador, la alacena: no había nada ni nadie. Pero en serio que nada. Nada, ni una lata de sardinas ni un frasco de medicinas caducas, ni un calcetín por ahí tirado. Ni rastro de la princesa. ¡Qué raro! Pero no se ve que se haya hecho la limpieza, y de todos modos no quedan rastros de lo de anoche. ¡Abárbaro! ¡Estuvo buenísimo!
Pero no me gustaba tanta desolación. Ahora que lo pienso me emputo con el ser extraño que lo trajo, lo fiestó, lo traqueteó, lo restregó, se lo comió, y cuando el hombre hurgó en las cavernosas tripas de la ballena, descubrió que ya estaba totalmente afuera. No hay huellas de compañeros con la misma suerte, y ni siquiera hay jugos gástricos para desayunar. El tipo fue hecho mierda, cagado, pues.
Entonces, aquél sentimiento del principio fue lo más placentero del asunto, duró dos segundos, pero fue la repetición de un estado del cuerpo y la conciencia, conocidos, reconocidos, pero no rituales. Y esos momentos, yo no sé otros, pero para mí, son de lo más placentero.
Pero todo lo que siguió al caminar semidesnudo fue nomás una comprobación: tanta blancura, tanto vacío, era nomás que el disfraz del escusado en que lo habían echado. Y él nunca oyó el chuclún de su persona caer en el abismo. Aunque quizá el abismo no es un ‘lugar’ en que ‘se cae’; en este caso, las indicaciones gestuales y las guturalizaciones, los eructos y los pedos escapados, eran señal clara de una cosa: en el abismo se está, es un estado del ánimo. La mierda que uno siente que es, ¿uno la es o uno se la embarra o alguien lo pone a uno en el mojón?
A él lo cagaron. En todo el pinche lugar blanco, blanco, sólo había agua en el piso, como queriéndose inundar la casa ¡eh? No estaba su ropa, ni sus zapatos, ni su reloj, ni su cartera, ni su mochila, ni sus cuadernos, ni su discman, ni su celular, ni las llaves de su taxi, ni su agenda, ni el dinero, ni el peine, ni una nota.
Novo después de darse cuenta que era mierda se cagó de la risa. Soy un pendejo, sigo soñando. Se fue a meter a la cama de nuevo, que ya no tenía sábanas. Le costó un chingo de trabajo dormirse; muévese pa’cá, pa’llá, de lado, bocabajo, bocarriba, la almohada entre las piernas, el brazo me estorba, el pelo me pica, pinche solazo, qué calor, jijos, aaaahhh, mjrrr, mjrrrr, mrrrr, rrrrr. Hasta que por fin se durmió.
Yo estaba creyendo que Novo había soñado lo del desierto, lo que siempre nos contamos que lo soñamos idéntico, y repetido. Que estamos, cada quien en su sueño, cada quien solito, solitario; que estamos bocabajo en el agua; nuestra cabeza desde adentro mira el agua, es como un mar, o como la alberca de la de Azul, de Kievslowski, así, límpida, ligera, transparente. No necesitábamos respirar en el agua, ni nos dolían los ojos, por la sal o por el cloro, entonces veíamos hacia abajo, hacia el fondo, y era una sensación de calma infinita, pero de repente había que respirar: sacar la cabeza.
En esto coincidimos Novo y yo: flotamos o algo nos carga desde arriba, pero nuestro cuerpo no pesa. Cuando tratamos de sacar la cabeza, está ya en régimen la ley de la gravedad universal, y el cuerpo pesa, pero igual se queda la sensación de estar flotando. Yo saco la cabeza, como ahogándome, y Novo también, y resulta que lo único que podemos ver a 180º. grados es un desierto de piel hermosa [palabras de Novo], con rastros de flores. Yo nunca he ido, pero imagino que es como el Desierto Florido, en Chile, cuando no ha floreado. Pero justo en el lugar que ocupamos nosotros, todo es pantanal o lodazal. Estamos bocabajo, cabeza incorporada, brazos y manos en posición de lagartijas, sintiendo todo el peso de una incierta soledad, solitud, solitariedad, solez; todo ahí mismo. Y no podemos salir de ahí. La sensación dura un rato, pero no es fea; incluso, la imagen es mucho más bella que la calma del agua y sus profundidades y allá abajo. Ahí me despierto yo, ahí se despierta Novo. Ambos nos tocamos, nos besamos, nos contamos el sueño, y es idéntico. Pero él está muy lejos mío, y yo muy lejos suyo, y nuestro tocarnos y besamos se diluyen en las cartas, y sólo permanece en el tacto, la memoria y el olfato, ese desierto de piel hermosa.
Pero no, Novo no soñó eso. Soñó que lo descubrían; que alguien seguía las pistas para dar con su secreto. Y sufre mucho por eso. Es que el pobre no puede evitar el vicio; casi todos los días, al caer la noche, sea horario de invierno, de verano o disfrazado, sale a hacer lo mismo. Y nadie lo sabe. Pero es un vicio. Bueno, yo lo sé por que entre Novo y yo no se han dibujado más fronteras que la de la distancia y el tiempo, nada más. Y, por supuesto, no soy yo quien piensa que eso sea un vicio. Pero él insiste, dale que dale con que lo quiere dejar, y no puede. A mí me parece que está bien. Y me gustaría que me llevara un día para ver cómo lo hace, pero él siente que lo descubrirían. No lo sé. Etsageraaaas, le digo. Y me dice: nooo. Y le digo: síííí. Etsageras.
Cuando aquella persona estaba a punto de descubrirlo, vestida con su gabardina negra, y su pelo rosa, el sueño se adensa; todo es menos nítido, más baboso. Siente como que abraza una masa amorfa de carne de res o plastilina con saliva, y no puede evitarlo, porque siente mucho frío en la espalda y sólo de ahí sale calor, no hay sol. Entonces, con su cuerpo, con sus manos, con su sexo, comienza a moverse para darle forma a la masa; menea las caderas, aprieta con los dedos, la verga se le para, y penetra, y entra; ya entrado, entra en besos, y besa, y lo besan. Despierta. Ora sí se despierta, y la mujer que está a su lado, es la anfitriona de la fiesta.

13 de junio; llueve afuera.

10 de junio de 2003

PLAYERA 1

Sobre las ostras de esta playa descansa la tristeza de un huevo de tortuga, cuyo nacimiento no ha podido abalandarme la piel.
Se recogen poco los dedos de los pies; parece, por el ruido que hacen, que los musgos de la carretera esperan violencia.
Andan desandados los días; en el letargo de las tardes se postran y les da miedo partir; no sea que vengan los niños corriendo --otra vez-- a despositar sus gritos y sus ignorancias en medio de las horas, en las que a los vecinos les tocar partir para siempre, en medio de los llantos y las faldas raídas de tanto no querer irse, de tanto apretar contra la madre.
A mí me recoge un pescador asombrado (asombrerado); no sabe por qué ni por dónde, pero me coge y me recoge.
La avalancha de arenas y aires nos aclimata; pareciera que viene el heraldo de las noches; trae indormación precisa sobre muertos, ahogados y damnificados del entorno.
La lluvia pega un grito de miedo y se cierne sobre nosotros para empobrecernos y arrebatarle a la superficie de los guiños la ternura impostada; viene en afán de guerra.
Anuncia la radio el porvenir; quiere que venga, por eso repliega la contundencia de los necios; abisma, apuntala, corroe con sus sonidos de infierno marino, de ventisca cargando algas putrefactas.
El sol se ha metido en la concha de un cangrejo para acompañarlo en el terror.
Huele a peces muertos.
Las naves se estrellan contra las olas; proas y popas carcajean sus estruendos para amedrentarnos.
El pescador cobija sus retazos con mis venas que están ya abiertas. Encajo su boca en mi talud; las regiones abisales urgen a la piel, ala saliva, al latir ya tenue del corazón.
A la arena se la está tragando la tierra.
Sólo quedan salvos, los tunantes, tozudos, eternos caminantes de la nimiedad: sólo quedan salvos los ruedacacas.



EL ATRIL EN EL FUNICULAR
Volumen 1, Número 1 1999


Animala de mí la ausencia de mordidas espaldares.

En cuatro patas maquilo coágulos de espera,
encarecidamente...

Agarra la insana distancia devoción por la gárgara
y desgarra la garganta
con su cúmulo de ansiedades
fricativas y labiodentales.

La pregunta serpentea desde el eco faríngeo;
contiende la pregunta en guerra sin cuartel.

¡Invento rápido el destrampar de un grito!

Arrastro mi plumaje hacia la sombra
para desatascarme.

(Sosiego en el ataque;
asombro que chorrea
de la plumífera humedad.)

Aquí respondo a gatas
a su claustro-estancia
a su nebulosa-endeble-verde-ahí.
Aquí me arranco el aguijón de pleamares
y
por puro hedónico desafío
me lo meto en el cuello ahí.

Limo las pezuñas que cariñosamente encajo
en su armario omoplático
--antes
me destierra de la espina
el pavor homoplatónico--
dorsal, lumbar;dorsal, lumbar.

Catarineo tras catarineo
recomienda el tratamiento epitelial:
(i) sondeos cutáneos;
(ii) perseverancia dérmica;
(iii) rebusque en el bosque velludo bosquejado de vos
quejosamente
que llevas bellamente ya

mi ENTERO ESQUELETO EMPAPELADO.

Estancias en el estanque/mudo de pez a molusco/
trastorno de escamas celofánicas a sueño marítimo
sobre la proa apestosa
de un navío pesquero
--de un puerto mercante--
recostando mi cola
para broncearla.

Rojosa la telaraña, la ansiedad que lo telaruña,
la tela que lo araña, la araña que telo teje en nudos,
en el animal que me transmuto.

Abeja de mal agüero sea, tal vez. Pero,
pataleta de hielo es la necedad de pingüinos
porque
parque nacional
pataleta,
paleta, lengua --labios adormecidos--
Y LA NECESIDAD DE QUE TU HOCICO ENTRE AL MíO.
O que mi hocico pasee en tu pelambre, matinal.
O madruguete.

Bajar callejón caminar nochemente metro violar candado torniquete y vía despierto tu cuerpo de la jaula que se encierra en tí; gruño el vapor arremolinando sudor.
Bajo en exclusiva. Privilegio. Bajo a inaudita especie.
Bebedero de extinto ejemplar,
último líquido.
Posiciono ubres para abrevadero
de la especie cronotropical.

Nido de hormonas/acueducto de tus leches maternas.

Dentrifico tu sexo
y lo acanalo
para pronunciar
en medio de su caudal
el amor gritado que --de no reventar tímpanos--
hubiera ahogado. De menos, desahuciado.

En su ración de carne amorfa
este insomnio contempla arrodillado la pesadilla de Venus:
--pulsión perpetua de plenitud--
irreverencia sedienta del jugo de tus dientes
--conato de mí--.

Animal lampiño..., informan, se vuelca en delirios cuando llena la luna; dicen: ansía contener y descontener sus bengalas, verterlas sobre la tuya sábana.

De seguir así
bestiará de mi la ausencia de tus mordidas prendidas a mi espalda.




EL ATRIL EN EL FUNICULAR
Volumen 1, Número 2


Averiguo un nombre. He preguntado ya en todas esas esquinas.

Indulgente he sido lo suficiente con su sapiencia
color de hormiga,
con su disimulo parsimonioso.
O no me quieren hacer pertenecer al gremio
o me quieren echar del lado de los vivos
y yo no quiero.
Averiguo una posibilidad de sombra
caminando por control remoto
con sus pajes y sus doncellitas
y todo.

Busco en el directorio de los días el turno para mis piernas. Todo está blanco. No hay espacio de tan vacío que está el terreno de los asfaltos.

¿No tiene ahí una liniecita para rellenar? ¿Un musguito qué poner? ¿Necesita mi piel con apellidos?
¡¿Cómo que credencial?!
Mi última vigencia pernoctó en un hotel perdido en la frontera. Le ofrezco este rastro,
este valiente
contubernio con la sábana.

Camino por esta huequez de los ladrillos.
Sigo buscando a la bestia de los miedos.
No he podido con la batalla esa que me recetó el doctor.

Ahora indago si su piedra no era más bien un nudo de preguntas infantes sin respuesta ni tutor ni nada.

Que las piedras tampoco hablan. No de madrugada.
Mudas las necias
progenitoras de este golpe a medias violento
en la tibieza de la sien.
No recuerdo nada. A partir de ahora todo es un chorro de cristal por expandir las ansias.

A partir de la campanada
canto mi cansado graznido
y compito con el ruido de la ignorancia vencida.

Averío este esqueleto en blanco y negro y rompo y batiendo batiendo
deshago los últimos nudos
quito las enredaderas verdes.
De cualquier forma me sentará el color de la tarde, aunque esté fría:
ya dijo un sabio que el amarillo es el color de los enamorados.
Y no era sabio, pero amarillo.

¿Asunto? Nada, señorita, que venía yo a preguntarle si tiene alguna molestia extrema con el hecho de que yo me meta sin permiso de vez en cuando en su cama, la que habita pues, la que le tirita de insomnio y purga de frío al amante…
y no obtuve respuesta.

Nadie quiere darme una certeza,
mínima, certera;
desterrarme de este papel sin dimensión ni fondo, sin frontera.
A partir de ahora, la hora
desatinaré en todos los intersticios racionales.
No habrá más juicio, preguntas, inquisiciones.
Se quedarán en la piel
y la sangre
el color de tu miedo y tu nombre.
La noche será la única cómplice.
MUJERES DE NOTA ROJA
Habemos unas cuantas que llegamos para quedarnos. Largo es el camino que le damos a la palabra. Más lejano, más contundente el que habituamos a caminar con las palmas. En la palma de la mano va el espacio, el tiempo, la profundidad del mar con su obscuresencias y las algas marinas jugando a hacer cosquillas. Las cuartas partes de nosotras son esponjas amarillas que guardan para sí toda el agua que se nos vierte dentro. La primigenia nota musical que nos agota es el aullido/jadeo/respiración de un amante recostado sobre nosotras. Nos cabe una plantación de algodón en la matriz, una serie impar de rizos dorados, un ventanal sin cortinas y sin delotroladodelmundos. Cuando la lengua de un hombre se posa sobre uno de nuestros pezones recortamos con tijeras las amarras del mundo. Sacamos con cubetas todas las congestiones blanquecinas de los volcanes submarinos. Ahí hacemos grietas que se asemejan a nuestras vaginas. Posamos en las fotos para que las focas y los pingüinos de Futurungo tengan flores y catarinas que adornar en Navidad. Comemos poco el día del amor para languidecer más fácil sobre los brazos de los ogros montañeses o los príncipes ermitaños. No damos concesiones. Si nos enamoramos le damos la espalda a la cordura. Tenemos la ventaja de venir de una casa en la que no se exige hora de llegada ni tarjetón de virginidad. Somos vírgenes como Enriqueta, vírgenes terrestres. Aquí nos coloca el hado, en lo café del planeta. Aquí derramamos la sangre que baña los manantiales de noche, cuando nadie los ve. Distribuimos el amor en sobres de colores y lo mandamos por correo a visitar otros continentes. A veces somos quienes la hacemos de carteras y mensajeras. No somos palomas, ni pichones, ni aves de rapiña. En todo caso nos gusta ponernos alas para hacer el amor sobre alfombras de tela o de pasto para en el aire dibujar sombras abrazadas de la luna. En nuestra axila escondemos abrazos que soltamos al primer zarpazo. Llevamos vida de putas para convertirnos en ángeles, o viceversa, da igual. Masticamos uvas, hierbabuena, bugambilias y vomitamos cuentas de collares sobre la espalda o el pecho de otras mujeres o de hombres/abraz(s)adores. Algunas veces sentimos la muerte y creemos ver la luz que los que dicen que la vieron, vieron (o no). A veces silencio o ausencias ajenas nos contagian y nosotras mismas nos convertimos en silencio y en ausencia. Nos quieren cobrar ciertas cuentas y nos retorcemos y cerramos los ojos: no nos atrevemos, por compasión, o por miedo, a decirles que ya no los queremos. Cargamos con una oveja en el brazo cuando caminamos hacia el territorio nuestro, único, sectario, exclusivamente femenino. Ahí descansamos del amor o más nos buscamos. Salimos corriendo para subirnos a los árboles a buscar nombres. Tejemos combinaciones. Hay una urdimbre mundial de productoras libres asociadas en cooperativa. LLevamos mal las cuentas porque a veces una voz nos dispersa, nos desatiende y regresa. Les ponemos ruedas a los carruajes para que se vayan las que quieran ser Medeas. Acorralamos a nuestros padres en un amor elektrizado que no tiene vigencia, frontera ni escapatoria. Sobre un espejo ponemos la cara de nuestros amantes y más allá de su amarrres, sus lunares, barbas o posturas corporales buscamos en sus ojos el reflejo de los petirojos. Si habita en ellos la belleza nos apoderamos de ellos y los amamantamos. Buscamos más de uno porque nos sobra espacio, tiempo y risas. Nos gusta bailar con ritmos distintos en diversos complejos copulares. No coleccionamos nada. Si no hiciera frío buscaríamos portar menos vestidos o hacerlos de migas de pan o tapizarnos de arena o enredarnos en manto de cielo. Más fácil nos disponemos a la vida; la muerte es un mal que apetecemos hipócritamente porque cuando nos vemos en la necesidad recurrimos a ella, pero siempre que ésta obstaculiza un beso, un abrazo, un entrar de ellos en nosotras, no le damos la cara sino la espalda. Nos acobarda lo ya, lo así, lo deningunamanera, lo yanimodo, lo esqueyo, lo déjamepensar. La nonegésima parte de nuestras células vive de danza compartida. Habemos unas que nos vamos, pero nos quedamos.

A. Andares. 30 de abril de 1999.


CONCIERTO DE LLUVIA PARA TRES ALIENTOS.
1er. Movimiento


Apresurada, con su caparazón a cuestas. En cada esquina se detiene concienzudamente a pensar lo que ha significado el último trayecto. Se tropieza con una cubeta de no estacionarse. Demasiado pensar, piensa ella. La lluvia le enjuaga las tristezas. Ni se culpa ni se perdona.



Alguien la ha abandonado alguna vez; la tarde la dejó botada en el último coño de la ciudad; su madre rompió un día la ventana con los codos; se arrastró hacia su monstruo una noche de dominó y aceite de los mil demonios; un amor platónico le acarició la espalda y luego se fue a vivir a otro planeta; se curó una cruda entre los pantanos de Chimalhuacán –arrancando del lodazal un volkswagen–; se cayó en una fuente, y luego no vivió sin ella, y emergió de ella, y la nombró la fuente de cada día.

Entonces pasa un auto a toda velocidad junto a ella y la encharca de agua sucia. Ella, desconcertada se tropieza; se queda un rato en el suelo a confundirse con el asfalto. Desde ahí ella se amiga de las piedras. Desde ahí ella conoce un cielo y un suelo humedecidos. El tiempo se detiene a contemplarla. Detenida es una estatua derribada.

La noche se llena de luna. Tea se frota las entrañas, y sale de la tina. Deja correr el agua del grifo mientras se mira la cara. Ojos hundidos, ojeras obscuras, pupilas de fuego. Recoge su pelo, se moja los labios, cierra los párpados. Bebe del chorro y le trenza la lengua. Abre los labios, los cierra, los abre; mete la lengua, la endurece, la suelta. El chorro le chupa las comisuras, le lame los dientes, le aprieta los labios, le muerde la lengua. Un poco de sangre se esparce en las paredes del lavabo. Ella abre los ojos, cierra la boca. El beso ha terminado. La humedad le ablanda el caparazón. Alguien la ha abandonado alguna vez. La noche se llena de Tea.




3 de junio de 2003

ENCUENTRO PRIMERO EN UN BAÑO NO SE SABE SI DAMAS O CABALLEROS

Lichfrida Carles entra a un baño. No está claro si es el de hombres o el de mujeres. Claro, dice, si hay mingitorios es que es de hombres; pero es raro, no huele a orines, los baños de hombres apestan a orines. Esta vacío, así que no importa, la urgencia es mucha. Todo metálico está sorprendentemente pulcro. Se va a sentar a mear en el escusado, pero le saca, y se acomoda de aguilita. Hace dos años que no va a la ginecóloga y está sacada de onda con la sangre obscura que le sale de vez en cuando. Seguro es infección, aunque quién sabe. Por si las flais hay que evitar contactos directos con el mundo del sanitario ajeno. Hace pipí; observa sus piernas, sus calcetines; sigue haciendo pipí; comienza a leer el graffiti de las paredes y las puertas. Le jala, pone la tapa, se le olvida toda la cosa de la higiene, aunque sí se sube los pantalones, se sienta, saca papel y lápiz y transcribe en su cuaderno de notas:

Un día como hoy se me cae el sistema
Y se va a la mierda todo el amor que te he dado
A las 10 tengo una cita en Villalongín y Río Yang-Tszé para ser atropellada o atropellado
Pero llego tarde
Como siempre
Y el conductor se va
Cansado de esperarme
Como tengo tiempo de sobra entro a una peluquería color pistache
Me cobran quince pesos y, por supuesto, estoy para llorar
De risa
A las 12 me siento en un decadente café
De chinos
Ahí por La Tabacalera
Donde siempre pido un lechero y unos huevos fritos
Donde siempre sabe a huevos el vaso de café
Donde siempre los fritos están medio crudos medio quemados
Como que me entra la enjundia a la una y media
Y camino
Por los Insurgentes
Desarmando mi rompecabezas
Para dejar en cada esquina una pieza
O sea, no tengo ninguna cosa mejor qué hacer
Pero ¡qué enjundia! Llego a Félix Cuevas
Se baja un demonio envidioso de algún camión
Y justo en una esquina que no sé cuál es
Se me mete a mí, con él se me encaja en la sien un proyecto de venganza
Toooooodo Eje 7 con los capullos de ideas a cuestas
¿y si manejara un taxi?
¿o un carro de paletas?
Que me pusiera a trabajar como dice mi abuela.
Comienza a darme un encabronado retortijón estomacal
Apresuro el paso
Aprieto los tennis
El culo
Los dientes
Me meto en chinga en un VIPS
Y dejo ahí una caca very important people
Como de 3 kilos
De olor
Y pus, claro, que el gerente como que me vio entrar y me entra un pudor puteque
Y a las dos de la tarde me siento a gastarme todo el dinero que me queda
Me como unos molletes con chorizo
Un vaso de agua con hielos por favor
Hasta dejo propina y doy las gracias a todo el mundo
Siempre las ando dando
Ya afuera del metro Zapata estoy sentada o sentado
Pensando qué debo hacer
Demasiado filosófica mi pregunta me voy hasta la cineteca
A ver qué hay para ver
Pero después de 18 minutos en la taquilla me acuerdo que me quedé sin clavo
Taloneo
Taloneando me encuentro al Sonrics que tampoco trae quinto
Pero bien informado que está siempre
Me dice que hay un festival de cine joven puertorriqueño –gratis—
En una salita escondida que nunca había visto
Entramos a vel algo así como “Nueva Yol-Palte III”
Una cosa chistosona
Como dominguerona, coyoacanona
Pero hay vino de honor también gratis
Cotorreamos
Le cuento que se me cayó el sistema
Y que ya te extraño un chingamadral
No se me agüite me dice
No sé en qué momento, pero termina leyéndome mi horóscopo maya
Que estoy en una fase de desfase, entendí
Se rompe la taza
Y él se va para su casa,
Pero yo me encuentro al tal Monge,
Ese que conocimos un día en el encuentro de trovadores
Ese que nos empedó a todos en su casa
Nosotros bien seditas
Que nos agarró las tetas a todos
O eso terminé diciendo después porque nomás me las agarró a mí
Después de meterme un par de dedos en la boca
guácala
Y que salimos asqueados, carcajeándonos de la risa y el espanto
Pues que el Monge me invita a ver “Kids”
Yo ya la ví
Pero se me antoja echarme un sueñito en la butaca
Pero se me va, se me va
Me la chuto toda mientras un flashback morboso me pone cachondo
Me tiraría con cualquiera
Tengo ganas de tirarme con alguien
De una chaqueta
Chale el pinche Monge si está refederico monje medieval hocicón con mal olor
Consigo boleto de metro para volver al hogar
Llueve
Llueve
Llueve
Las gotitas de la lluvia suenan al caer
Cómo llueve
Me empapo y llego a la casa empapado o empapada
Sin llaves
Chingao
Ora qué hago me tomo un taxi a casa de mi abuela
Mi abuela
Toalla
Piyama
Té de manzanilla pan con mantequilla
Mi abuela me increpa
¿y esas ojeras?
¿no quieres vitaminas?
Me arropa en la cama
Todavía duramos platicando dos o tres horas
Hasta que la ataca en serio Morfeo
Mi abuela se va
No tengo remedio busco entre las sábanas
Encuentro el enchufe
Sigue lloviendo
Jalo el cable
Al que madruga Dios lo chupa


Lichfrida cree que tiene un tesoro en el cuaderno, y lo guarda en su mochila. Se lava las manos sonrientemente, mientras cruza mirada con una mujer que se busca algo en el cuello frente al espejo. Lichfrida busca también. Tea la deja. Lo tienes aquí, mira. ¿Es un chupetón?
Tea Moreno se acerca más al espejo, y lo mira ansiosamente, extrañada. Sí, eso parece. Pero no tengo idea de cómo llegó ahí, y me duele. Lichfrida recoge su mochila y pone las manos bajo el secador eléctrico; debió ser un vampiro sigiloso. Tea casi construye una sonrisa para devolverle por el espejo, pero los ojos de pronto casi se le salen de la sorpresa. Observa en el cuello de Lichfrida una mancha parecida a un chupetón. No alcanza ya a articular palabra. Se encoge de hombros. Le entran ganas de mear, y escoge un meadero. Se sienta, abre más y más los ojos de vaca; saca una pluma y transcribe Un día como hoy se me cae el sistema Y se va a la mierda todo el amor que te he dado...

2 de junio de 2003

Rascaje completo a espaldas llenas. Eso pide nomás Lichfrida Carles. Nadie responde. No hay prisa. Paga el trigésimo cuarto aviso. Sale de la oficina de anuncios del periódico mordiéndose las uñas.
Andanzas lúdicas impúdicas siniestras
tropezón merecido bienvenido resentido
mareo implícito idílico exquisito
paciencia antigua de banqueta
horadada almal repujante resquebrante
salida vuelo zarpaje póstumo
último adiós a los balcones.
Tea Moreno parte esta tarde noche
a rincón cavernoso
donde no hay nadie
ni ella.

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