"carnal me gusta el alma y con alma la carne", lezama lima

31 de octubre de 2008

27 de octubre de 2008

Una dosis de humor



Sean Kingston - Beautiful Girls

No seré el poeta de un mundo caduco.
Tampoco cantaré el mundo futuro.
Estoy atado a la vida y miro a mis compañeros.
Están taciturnos pero alimentan grandes esperanzas.
Entre ellos considero la enorme realidad.

El presente es tan grande, no nos apartemos.
No nos apartemos mucho, vamos unidos por las manos.

No seré el canto de una mujer o de una historia.
No hablaré de suspiros al anochecer,
del paisaje visto desde la ventana.
No distribuiré estupefacientes o cartas de suicida.
No huiré hacia las islas ni seré raptado por serafines.

El tiempo es mi materia, el presente tiempo, los hombres presentes,
la vida presente.


Carlos Drummond de Andrade


23 de octubre de 2008

Dolor de rodilla


Voy a destruir recuerdos.
Necesito replantear necesidades.
Quiero desandar un camino.
Salirme.
Desaparecer.
Tumbar expectativas.
Atravesar los quicios de las puertas que abrí,
de las que reculé.
Reaparecer.
Callar y dejar de escuchar.
Voy a reinventarme,
poco a poco;
otra vez.

20 de octubre de 2008

Foto de familia

Los García-Peláez Martín del Campo.
de izquierda a derecha: Alicia, Guacho, mis bisabuelos, Mane y mi abuelita Pitín

cabeza pájara dichosa, guaracha corazón, panza mariposa, pies danzón;
sueño, tierra, deseo, aire, silencio, luz, agua; tu boca, tú




15 de octubre de 2008

Mi nosotros, mis nosotros

Mi nosotros, mis nosotros

[No los voy a abrumar con @, X ni o/a; me divierte la idea de hacerlo, en mensajes breves, pero es una güeva escribir así, leer así. Y, en todo caso, para mí, hay modos más necesarios y difíciles para asumir la perspectiva de género en el discurso, la experiencia, el lenguaje.]


Nosotros también somos hijos de este tiempo, pero no estamos dispuestos a subordinarnos a la idea de que la violencia es la única opción que nos queda.

No abanderamos el pacifismo porque decidimos no perder el tiempo ni gastar el esfuerzo en cargar banderas y porque no consideramos que exista la posibilidad de la Paz así nomás, para como están las cosas. Añoramos la paz, eso sí, pero no la hemos tenido y no la conocemos como estado de ánimo social. Añoramos, como es humanamente sensato, la paz que no puede representarse con símbolos, ni con colores, la paz que significa apacibles vidas entrelazándose en el calor que procura la interacción de las mujeres y los hombres que se respetan. Esa paz es posible en veces, aún cuando los cielos amenazan llover hasta desgajarse, cuando estas mujeres y estos hombres saben quiénes son y por qué están seguros de que librarán la dura tormenta que se avecina.

La paz es ese estar atento, impasible y confiado de que, pase lo que pase, uno estará ahí para reaccionar como la situación amerite. Y si los negros cielos y la turbulencia de los vientos nos impelen a actuar con prestancia y rápida acción, la paz se siente apenas unos instantes, y alimenta la sensación de estar en guardia, para lo necesario. Otras veces la paz es el sueño del no pasa nada, de la quietud y la tranquilidad absolutas, pero es sólo ese sueño, como alimento de las acciones diarias, como referente, como horizonte. Es importante porque guía y define los escenarios deseados y, en esa medida, nutre e ilumina nuestro sentido del futuro, nuestra intención en las acciones.

Es verdad que en nuestras intempestivas reacciones ante lo inédito y lo angustiante o ante lo injusto y lo que encabrona mostramos nuestra violencia verbal y física como una fuerza aparentemente incontenible. Reconocemos que somos fuego y que tenemos deseos de agredir y eliminar a quien pretende, con gestos o palabras hostiles, mantenernos a raya, dominarnos, humillarnos. Pero no tenemos miedo. No tenemos miedo de esas soberbias pretensiones de grandeza, y ante la prepotencia de quien pretende gobernarnos, anteponemos la fuerza de nuestra paz y la paz que nutre nuestro sueño. Recordamos con celeridad que es la paz la que buscamos y que no la encontraremos por el camino –la espiral, le llaman—de la violencia. Recordamos con prestancia que pragmáticamente es estúpido engancharnos en una batalla en la que de por sí somos débiles. En cuestión de armas somos débiles. En cuestión de fuerza bruta somos débiles. No nos hemos entrenado para hacer daño; entonces somos débiles frente a los que entrenan sus cuerpos y sus mentes para hacer daño. Somos débiles ante las máquinas de matar, llámense pistolas, rifles, bombas, autos, camiones, incendios, ráfagas de bala, tortura física, gases tóxicos, fuego y látigo. Somos débiles porque nunca elegimos el camino de ser los más fuertes para dominar, para sojuzgar, para limitar.

Pero no somos débiles para defendernos, para resistir el embate de la violencia con pretensiones absolutistas. Porque no creemos que haya violencia absoluta capaz de eliminar absolutamente todo lo que reproduce la vida. Porque las mentes y los cuerpos entrenados para ello no conocen opciones y padecen la violencia que ellos mismos encarnan. No tienen opción ante lo inaudito y lo inédito que la vida, en sus expresiones de proliferación, extensión y mutación, les pone en frente de la cara.

La vida es indefinible e indescifrable por sí misma. La vida es el caos. La vida es compleja y sencilla, inextricable y contundente. Es verdad que la vida puede acabarse en un instante; puede ser sofocada, aniquilada con una sola acción. Para que la vida se produzca es necesaria la cooperación de muchos factores. Sistemas de sistemas para que la vida sea, y a veces sólo con dejar de hacer algo, o con tomar una sola acción, la vida puede cortarse. La vida está en constante peligro. Y, en veces, hay que reconocerlo y aceptarlo sin temor, la vida no puede más y se acaba. Vida y muerte se acompañan. La muerte es parte del ciclo de vida.

Pero la muerte no es lo mismo que el asesinato premeditado, que la tortura, que la ejecución sumaria, que la guerra sucia, que la cruel acción de sojuzgar a otro, de reducirlo a la miseria, la explotación o la esclavitud. Nosotros no tomamos “la ley del más fuerte” de la teoría evolucionista como pretexto para permanecer impávidos ante las acciones injustas y culeras de quienes tienen el monopolio de las armas y los cuerpos y mentes entrenados para dominar y matar. Aceptamos que en una lucha entre débil y fuerte gana el fuerte porque no somos creemos que la leyenda de David frente a Goliat sea suficiente para lanzarse a combates estúpidos contra hombres y mujeres monstruosos.

Reconocemos nuestra debilidad sólo para considerarlo como un dato en la cuenta de los recursos con los que contamos para vivir. Por eso consideramos necesaria la asociación, la cooperación, el trabajo en equipo. Hemos experimentado la competencia y la cooperación. A lo largo de nuestras vidas, en la familia, en la escuela, en la calle, en el trabajo y en casi todos los espacios de interacción social nos hemos visto impelidos a competir.

Nos educan para competir. Nos dicen que hay que ser los mejores, los más fuertes, los más listos, los más ricos, los más inteligentes, los más bellos, los más altos, los más sobresalientes, los más chingones. Nos dan premios y castigos. Cuando damos más somos premiados. Cuando damos poco nos acusan de mediocres, de débiles, de poquiteros. Nos castigan o nos ignoran, nos castigan o discriminan. Y como nadie, ningún niño, ninguna niña puede vivir sin cobijo, sin amparo, sin calidez, sin reconocimiento, nos adiestramos en el uso de herramientas y hábitos que nos ayuden a ser esos mejores. A veces confundimos talentos que todos tenemos con dotes individuales, y comenzamos nosotros mismos a creernos el cuento de que realmente podemos obtener los reconocimientos y premios necesarios para que los demás, nuestros padres, maestros y competidores, estén felices con lo que hemos logrado para beneficio de sus propios deseos. Entramos en carreras con otros iguales para satisfacer el deseo que hemos aprendido a desear. Amamos los aplausos, las buenas calificaciones, los reconocimientos escritos, los halagos. Aceptamos la crítica sólo de las voces “autorizadas”. A veces ni aceptamos la crítica, pues nuestro corazón y nuestra mente se rebelan ante ella, pero ya para entonces hemos aprendido que también gozaremos de beneficios futuros si nos mostramos humildes y obedientes de las voces de la autoridad.

Aprendemos a obedecer. Nos disciplinamos. Nos callamos la boca cuando queremos gritar o decir que no porque aprendemos a temer. Tememos. Vivimos con miedo a no ser queridos, amados, reconocidos. Queremos trascender, ocupar un lugar, tener un status. A veces sólo tememos y no sabemos ya ni a qué. Nos domina la angustia. Hemos padecido gritos, castigos, golpes, sentencias, marginación o discriminación, y vivimos como víctimas. Nos olvidamos de nuestros sueños y nuestros deseos, y perdemos la poca paz que podíamos albergar en nuestras cabezas y corazones. Entonces llevamos una vida de sufrimiento. Todo lo padecemos, las cosas no nos gustan, estamos permanentemente intranquilos. Somos muy reactivos ante el exterior y cualquier cosa la percibimos como una agresión. Agredimos a los otros a veces sin darnos cuenta. Nos enganchamos en relaciones de agresión y apapacho como si fueran de premio y castigo porque nos cuesta poner límites a los demás y, sobre todo, a nosotros mismos. Deseamos morirnos y deseamos matar, pero nos sentimos débiles, porque así nos enseñaron a sentirnos. Desconfiamos de nosotros mismos, de nuestros sueños, de nuestros proyectos, de nuestras acciones, de nuestras decisiones. Pedimos consejo, recomendación, ayuda, guía. Clamamos porque otros vengan a acompañarnos en los momentos difíciles, que son casi todos. No sabemos estar solos. Queremos que otros vengan a resolvernos. Que nos iluminen con su sapiencia. Que resuelvan las cosas por nosotros. Estamos dispuestos a pagarles, a devolverles el favor, a convertirnos en sus esclavos con tal de que se hagan cargo de nuestros asuntos. Nos inscribimos en cursos, queremos aprender técnicas, leemos libros, panfletos, manuales. Queremos que los fuertes nos carguen, que los expertos nos recomienden, que los conocedores nos instruyan, que los calientes nos den cobijo, que los simpáticos nos hagan reír, que las respuestas se aparezcan ante nosotros. Desconfiamos a tal punto de nosotros, descreemos en tal medida, que nos acogemos a cualquier cantidad de sistemas de creencias y dogmas de fe que se acomoden a nuestras necesidades. Y, además, nos sentimos los muy buenitos porque nos disciplinamos para ir a los templos, a las escuelas, a los santuarios de la fe y el saber. Y si para poder pagar nuestra inscripción, nuestra membresía, nuestra colegiatura, nuestra presencia, nuestra asistencia tenemos que trabajar, no lo dudamos. Entendemos que las cosas cuestan.

Así, aceptamos que los caminos para encontrar la felicidad ya otros los encontraron y que lo que nosotros debemos hacer es seguir sus consejos. Seguimos a gurús, maestros, sacerdotes, vacas sagradas, hombres y mujeres exitosos y prestigiosos, a los conferencistas, a los intelectuales, a los gobernantes, a los artistas, a los científicos, a los guiadores, a los médicos, los terapeutas, los instructores, los facilitadores de estrategias.

Para entonces ya no nos sentimos tan solos. La soledad es sólo un ratito, un momento. Estamos acompañados de discursos, de imágenes, de ídolos, de ideologías, de santos, de irredentos santificados por la publicidad y las lecciones de historia, de héroes, de personajes de telenovelas, de estrellas de rock, pop y alternativo, de pósters, de pulseras, de símbolos en las playeras, de colores en las camisetas, de números, de nombres, de grupos, de representaciones de alternativas para ser.

Trabajamos para tener, entonces somos. Tenemos, entonces somos. Pertenecemos, entonces somos. No estamos solos, entonces somos. Somos, entonces consumimos más y más para seguir siendo. Consumimos tiempo, energía, materia, símbolos. Nos gastamos. Gastamos. Conseguimos a costa de lo que sea lo que deseamos. Nos hacemos seguidores de nuestros deseos, y nos olvidamos de conseguir nuestros deseos, porque luego es más fuerte el deseo de conseguir lo que necesitamos que lo mismo que deseamos. Hasta que tronamos.

Somos deseo, somos sueño, somos fuego. Somos disciplina, somos cuestionamiento, crisis. Somos inmaduros y pequeños. Somos infieles e hipócritas. Somos impostores, mentirosos. Somos culpables. Somos víctimas. Somos victimario. No hemos escapado de las redes de pensamiento que nos obligan a ubicarnos neuróticamente entre el bien y el mal. Alucinamos. Fingimos. Construimos ficciones. Luego las derribamos. Somos fuertes, gritamos, nos imponemos, instauramos. Creamos. Hacemos instituciones, nos damos nombre, historia, apellido, linaje, currículum, fotografía, épica y dramática. Construimos la gran historia de Nuestra Entrada en la Historia. Y la escribimos, la grabamos, la comentamos, la vociferamos, la compartimos soberbia o humildemente. Hemos recuperado la confianza. Nos amamos. Amamos la vida. No estamos solos, la situación y la suerte están de nuestro lado. Encontramos un modo de permanecer triunfantes, productivos, auténticos, únicos, súper-especiales, divinos, elegidos. Hemos logrado lo que esperábamos y no nos queda más que cosechar lo que hemos sembrado a punta de sacrificio y trabajo. Tenemos prestigio, reconocimiento social, estatus, estabilidad económica.

Pero eso, quién sabe por qué, nunca dura demasiado. Está el sistema, con sus crisis. Y, ya ven, otros también nos quieren hacer daño. O hay leyes naturales de subi-baja, y hay que aceptar que a veces estás arriba, a veces estás abajo. Nomás se trata de aprender a flotar. Transitar sin mayor esfuerzo. Se trata de transar, de canjear, de intercambiar. De escoger los momentos de oportunidad, de apostar, de arriesgar. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Se trata de mantenerse expectante. Apostarle a varios números, a muchos caballos. Pedir espacio en varios lugares, en varios trabajos. Chicle y pega. Moverse, inmiscuirse, ir a todos los eventos sociales, presentarse, decir quién uno es y qué uno hace. Ir a castings, enviar currícula, mostrarse, hacer uno su propia imagen, representarse, hacer el papel de uno. Estoy en mi papel. Estoy en mi jugo. Hoy es mío. Yo puedo. Sí puedo. Si mantengo la actitud. Cualquiera que me vea se enamora, se engancha. Hoy voy contra el mundo. He trascendido mis propios miedos, y puedo salir, hablar en público, ser el ser particular que soy, mostrar mi pequeña diferencia con todo lo demás.

Pero eso, quién sabe por qué, tampoco dura demasiado. El ego siempre nos está poniendo trampas, y caemos. El sistema de sistemas es muy complejo, y nuestra sólida identidad puede quebrarse en mil pedazos en un solo momento. Caemos, nos deprimimos. Nos vamos a la tristeza redonditos. Nos sentimos derrotados. Nos sentimos nadie, nos sentimos nada. Perdemos el sentido de estar vivos. Nos volvemos a sentir solos. Y es porque efectivamente estamos solos. No hay nadie alrededor. Por más que hicimos por satisfacer los deseos de los demás, los demás se han ido, están lejos, nos abandonaron, tenían otras cosas que hacer, están acompañados de otros, en otros menesteres. El peor día, y estamos solos. Nos quedamos solos o evadimos la tristeza, el sentimiento de vértigo, vacío y sinsentido. Nos drogamos, nos emborrachamos, nos aplastamos a ver la tele, a ver películas. Comemos compulsivamente. Salimos a llorar y apretar los puños de coraje e impotencia. Nos odiamos. Odiamos la vida. Nos queremos morir, queremos matar a alguien o a nosotros mismos. Pero no podemos, porque seguimos teniendo miedo. O nos falta voluntad o decisión, o es que estamos lo suficientemente sanos para darnos cuenta que estúpido atentar contra nosotros mismos.

A veces, eso si dura. Pero dura lo que dura. Y también ocurre que por más solo que uno está uno no es la encarnación del mal, la enfermedad, el desorden o la maldita miseria. No hay dios, no hay ley, no hay verdad universal. Estamos aquí, con nuestro cuerpo y nuestra mente, entrenados en esta cultura occidental de ciudad, para sobrevivir. Alternativas siempre hay. Porque la vida social no es un túnel de un solo carril. Porque el individuo absoluto no existe, porque habitamos un modo poblado de cosas y seres que existen, en realidad, más allá de nuestra percepción y nuestra mente.

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea. El individuo (urbano, ¿está por demás decirlo?) solo, aislado es un proyecto de ser frustrado. El individuo consciente de su pertenencia al mundo, al planeta vivo, a la historia social, a la red de redes que lo conecta con el conjunto de cosas no-humanas y con el conjunto de seres humanos, es un proyecto posible no sólo en el futuro; existe en la historia --quiero decir, en el pasado--, y existe en el presente, si entendemos que el aquí y el ahora no son nuestra exclusiva circunstancia personal, sino una densa dimensión del espacio y en el tiempo en la que se suceden simultáneamente miles de miles de historias, de individuos vivos, conscientes, plenos, que crean y recrean la vida, transformándola, para su propio bien, y para el bien de sus comunes, sus congéneres, sus iguales y sus diferentes.

Es el individuo que aprendió a obedecer, y luego aprendió a desobedecer, el individuo rebelde. Puede haber ido o no a la escuela; puede haber sido un niño promedio, un niño especial, sobresaliente o marginal, pero –casi siempre- es un adulto que, pasado el espanto, asumido el riesgo, pudo desafiar a menos un sub-conjunto de normas del complejo sistema de sistemas complejos, desafiándose a sí mismo. Es un individuo (o individua, ¿necesario poner la A, para que les quede claro la perspectiva de género?, ja!) que conociéndose a sí mismo, sus modos de pertenecer, consumir, gastar, trabajar, vivir, tristear, convivir, padecer, crear, obedecer, ritualizar, comer, cagar, desear, rezar, mandar, amar, odiar, castigar, triunfar y derrotarse, decidió elegir sus propias normas, sus propios hábitos, sus límites, su modos de proceder, su muy manera de ser, tratando de ponerse a la medida de sus fortalezas y sus debilidades.

Nosotros hemos aprendido algunas cosas de esos individuos, porque hemos querido. Los hemos buscado. Andábamos en busca de referentes. Buscamos en los grandes líderes de la historia, los poetas malditos, los grandes cronistas, poetas y escritores de épica y ficción; buscamos en teóricos de talla grande, críticos e hipercríticos; en subversivos representantes de la desobediencia en el rock, el pop, el jazz, el indie; en los grandes personajes populares, con sus máscaras y sus carismas, sus ademanes, sus frases, sus citas célebres, sus grandes chistes, anécdotas; anduvimos persiguiendo historias reales, documentales, libros, revistas y comics que nos dieran asidero para reproducir sin ton ni son las imágenes y palabras que le dieran representación a la búsqueda de la nueva identidad que andábamos buscando.

Comenzamos por intentar a más seguido decir que “no”, nomás. O “no, muchas gracias”, pero no. A poner límites, a decir lo que pensábamos, pero más alto y sin chistar. A reconocer y respetar los límites que los demás nos ponían, pero sin pretender que eso era ceder, y también sin obedecer. Quitamos todas las imágenes y las palabras, todas las banderas, regalamos todas las camisetas, vendimos los libros, regalamos los fetiches, a ver si era cierto que podíamos mantenernos en pie. Dejamos de ir a los templos, los cursos, las escuelas. Tímida, pero al mismo tiempo decididamente dejamos las disciplinas a ver si era cierto que podíamos ser congruentes y consistentes con nuestros sueños, deseos y proyecto pero sin acudir obsesivamente a los ritos y mandatos que otros caminos, horarios, técnicas y personas nos imponían. Comenzamos a renunciar, poco a poco, a obtener los tradicionales reconocimientos y premios a que estábamos acostumbrados. Con miedo, dejamos de gastar y consumir lo que nos procuraba harto placer y desmedido sentido de la potencia individual. Queríamos ver si, sin tener, sin consumir, sin pagar, podíamos sostener una creencia, una fe, una convicción, una persona.

Luego, un día, sintiendo como ardor el rencor, quisimos desterrarlo, pero no pudimos. Estuvimos a punto de sentirnos culpables, malos. Estuvimos a punto de caer otra vez en el pantano de la víctima-victimizadora-de-las-demás-víctimas-victimizadas, pero vimos que era tan idiota, tan aburrido, tan difícil, tan feo y desgastante que mejor ya no. Y entonces, intentamos un modo de sacar el rencor sin que tuviéramos que andar pidiendo perdón a todo el mundo, y a nosotros mismos.

Hurgamos en la historia e investigamos. Pudimos darnos cuenta que la culpa-perdón y la disciplina de sólo obedecer es un instrumento viejo y gastado que sólo sirve a los de corazón pequeño, mente abyecta y deseos sin sublimar, sin recrear. Nosotros elegimos salirnos de la tradición que considera que sufrir es la única opción para salvarnos. Y sin tomar nuevas banderas y sin acudir a nuevos templos anti-sufrimiento-social, decidimos cortar por lo sano la compulsión por sufrir y echar a otros seres y entidades la culpa de nuestros sufrimientos. Pero, al mismo tiempo, decidimos que debíamos dejar esa espiral de hacer sufrir.

Dejar de hacer sufrir no es poca cosa, pero no es difícil. Se trata de no aplastar a nadie, de no imponer nuestra santa voluntad. De no pisar, de no denigrar, no humillar, no hostilizar gratuitamente. Se trata de poner atención, saber escuchar. No es la doble moral, ni lo políticamente correcto; no es una mera estrategia de supervivencia individual. Aunque al final puede considerarse que uno de los resultados que produce es la salud del propio pellejo, no hacer sufrir a otros, es el imperativo que seguimos para ser congruentes con nuestro fuero interno.

Nosotros no pensamos que la naturaleza humana es dicotómica, divina y demoníaca. No es natural ser culero. No es natural ser bueno. Lo único natural es que somos seres culturales, llenos de ADN, pero –sobre todo—dotados socialmente del lenguaje, de la cultura, del trabajo, la transformación, el conocimiento, el deseo, el gozo, el sueño, el balbuceo, el miedo. Nuestro instinto es apenas un pedacito del complejo sistema que somos como seres individuales y colectivos. Nuestra biología nos determina sólo hasta cierto punto. Nuestra historia y nuestra condición social nos enmarcan, sí, pero no son destino.

No existe el destino, aunque creemos que a veces sí la mala suerte. El futuro no está trazado, y aún que fuera cierto que las estrellas, la luna y el sol marcan tendencias sobre nuestros comportamientos; aunque creamos o se nos demuestre que el karma existe; aunque la guerra, la miseria, la esclavitud y la ignominia pudieran obligar a ciertos conjuntos de seres humanos a determinadas condiciones de existencia (no sobra decir que insoportables, intolerables e injustas), la naturaleza del ser humano a la que podemos apelar –si hemos optado por la vida, y no la mera persistencia de nuestra individualidad—es justo su naturaleza cultural, en pocas palabras, nuestra capacidad de hacer que realidad y deseo se reúnan sin destruir lo que está a nuestro alrededor, sea parte del conjunto de cosas y seres no-humanos o del conjunto de seres humanos.

Se me podrá decir que el ser humano es el más grande depredador del planeta y de sí mismo. Yo no puedo objetarlo. Pero también es cierto que no soy capaz de demonizarlo, o de satanizar su naturaleza cruel y despiadada. Y si no puedo, es porque no estoy dispuesta a sostener una imagen, una representación del ser humano, en abstracto y en general que sea reducida a fuerza de odio, rencor y frustración. No quiero aceptar un humano discurso anti-humano, así como tampoco estoy dispuesta a convalidar las teorías que suponen que para la emancipación social o individual la única opción que tenemos es la violencia.

Porque nosotros, que somos muchos, hemos nutrido nuestros sueños de paz, aunque aún no la encontremos como absoluto en nuestra vida diaria. Aunque reconocemos nuestra soledad, hemos decidido dejar de largarnos a llorar hasta echar el bofe, y comenzar a reconocer a los otros solos, a los otros deseosos, a los otros desobedientes, a los otros conscientes de su imperfecta mismidad, a los aldeanos que con un leve o sufrido atisbo al mundo descubrieron que es ancho y ajeno, a los que han aprendido a decir que no, y lo han dicho por primera vez o mil veces, pero con la conciencia y responsabilidad de sus decisiones y respuestas.

Nosotros que, bajo otras perspectivas o estadísticas, parece que somos pocos, de verdad somos muchos, y como decían hace algún tiempo “estamos en todas partes”, porque no somos ni los mejores, ni los más chingones, ni hemos alcanzado el nirvana, ni la iluminación, ni hemos parado de sufrir, ni hemos descubierto nada nuevo bajo el sol, ni tuvimos la mejor idea, ni somos los más fuertes, ni los más adiestrados, ni los más chidos, ni los más únicos, auténticos o “súper-especiales”, ni la vanguardia, ni la retaguardia.

Estamos en todas partes, somos un chingo, en veces estamos juntos, en veces separados, enredados, dispersos, a veces organizados, a veces desorganizándonos. Algunos somos urbanos, pero otros no tanto. Algunos occidentalísimos, otros no tanto. Algunos súper escépticos, otros místicos, creyentes y románticos. Algunos amarguetes, otros más optimistas y simpáticos. Algunos negativos y críticos, y otros los típicos entusiastas. Algunos perezosos y otros muy entrones y trabajadores. Hablamos varios idiomas, venimos de muchos lugares del mundo, compartimos o no entendemos muchas tradiciones, escuelas. Reconocemos varias pertenencias, aunque a veces nos aferramos a algunas de ellas. Unos escribimos y otros no saben escribir. Unos andan en bici y otros ni eso sabemos. Hay quienes suben árboles, montañas y atraviesan ríos nadando, y a otros nos asustan los truenos y los bichos de campo. Hay los muy malos para la cocina y los que nos deleitan con sus experimentos culinarios. Y así, somos contradictorios, complejos, imperfectos, difíciles. Pero existimos. Somos reales. Somos seres autónomos. Nos guía el fuero interno. Por lo general, se nos puede identificar porque no aceptamos órdenes ni consejos estúpidos. Pero también se nos puede identificar porque sabemos ejecutar como si fuera una orden el consejo de un ser generoso y sensato (aunque no sea una autoridad socialmente sancionada, aunque no sea un amigo).

Nosotros no creemos que “el Poder” es una entidad que nos gobierna, desde arriba y desde afuera, ni siquiera que represente a unos individuos adineradísimos y con malísimas intenciones. El poder es la capacidad que todos tenemos todo el tiempo (todos los minutos de todos los días del año) para acercar nuestros deseos a la realidad, y a la inversa. Siendo la cosa así, lo jodido está en usar esa capacidad pasando por encima de los deseos de los demás, negando la realidad, destruyéndola (quiero decir, más bien, arrasando con todo a nuestro paso), chingando a los demás, o renunciando a usar capacidad, ese nuestro poder, para ‘otorgárselo’ a otra persona. Usar nuestro poder para re-crear la vida no es cosa fácil, a veces necesitamos convertirnos en enemigos de nuestros hábitos para lograrlo, pero no es necesario ni deseable convertirnos en enemigos de nosotros mismos. Ahí es cuando ganan los malos (los hijos-de-puta, que también están en todos lados, y son un chingo).

Nosotros, como mucha otra gente, también somos hijos de este tiempo. No hay generaciones perdidas. Ni el pasado, ni ahora. Somos síntoma de las enfermedades sociales que nos aquejan en el globo, pero también estamos viendo el modo de curarnos a todos, porque creemos que la salud es sagrada, como la vida, como el agua y la tierra, como la paz que puebla nuestros sueños.

"El infierno de los vivos no es algo que será: existe ya aquí y es el que habitamos todos los días, el que formamos estando juntos. Dos formas hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y convertirse en parte de él hasta el punto de dejar de verlo ya. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." Italo Calvino

Lich & Dares, octubre, 2008.


6 de octubre de 2008

que no hubiera
pero hay
que tú mejor no
pero tú sí
porque acá lo que debería estar
pero no está
y luego, además,
"además", vas a decir,
recargando el codo
recargando el codo
respirando hondo
hondo
repensándolo todo otra vez de nuevo
nuevamente otra vez todo repensarlo
¿y si no re-pensarlo?
sino saborear con detenimiento el aire que no pasa por tus labios inmóviles
cuando te detienes nomás
a observar como un perro se rasca las pulgas?
un cigarro
una bocanada
una caminata
una noche más
y el tiempo que pasa
y qué? ¡la vejez llegará!
y será para bien
o no
ya van a cerrar la tienda
son casi las diez.

Un día lluvioso en el jardín

¿Qué es la felicidad
sino el simple acuerdo
entre un ser
y la existencia que lleva?

2 de octubre de 2008

Herencia libertaria del 68

Tengo 31 años. Llevo un año y medio en huelga, junto con mis compañerxs, meserxs, cocinerxs y baristas (encargadxs de barra de café).

Sin haberlo previsto como ocurrió, durante los últimos meses hemos comprobado una tesis, la de que las instituciones que creó el Estado mexicano para arbitrar los conflictos entre trabajadores y patrones se cargan del lado patronal capitalista, con fundamento en las leyes laborales y la constitución política del país. Aunque es proverbialmente reconocida como una ley laboral muy moderna y democrática, la Ley Federal del Trabajo en nuestro país es letra muerta, pues la dinámica jurídico-administrativa favorece en todo momento a los intereses capitalistas, y la forma política tradicional de resolución del conflicto entre capital y trabajo es la de un sindicalismo corporativo, clientelar y charro (antidemocrático internamente y siempre favorecedor de los intereses patronales y de las instituciones estatales). Esto nos ha (de)mostrado que es sólo la autoorganización de lxs trabajadores y una férrea resistencia la que puede conseguir algunos logros en materia de defensa de los derechos laborales. Cuando la defensa es directa (es decir, cuando lxs trabajadores tomamos en nuestras manos lo que es nuestro –nuestra fuerza de trabajo y nuestra conciencia y dignidad como trabajadores; sin intermediación o representación) se abren perspectivas de construcción de alternativas al trabajo esclavo (es decir, el trabajo asalariado, muy precario en esta época de neoliberalización globalizada). La que nosotros encontramos: la autogestión para una fuente de trabajo digno.

A lo largo de este año, resistiendo juntxs, en nuestro campamento de huelga/changarro de café por cooperación voluntaria, nos hemos (re)conocido como compañerxs de trabajo, de lucha, de resistencia; nos hemos descubierto y construido afines en la concepción de un trabajo justo, de tal suerte que decidimos organizarnos para reconstruir, de manera autogestionada y autónoma, una fuente de trabajo digno: una cooperativa, horizontal, sin patrones, sin jerarquías, que nos sirva para satisfacer algunas necesidades básicas (alimentación, salud y vivienda) sin detrimento de nuestro cuerpo, de nuestro tiempo, de nuestra libertad. Sabemos que el camino será largo y sinuoso, pero tenemos la convicción de que es necesario recorrerlo, pues las opciones de trabajo y supervivencia que nos ofrece el sistema capitalista son indignas, inviables.

Hemos elegido la autoorganización colectiva autónoma, la acción directa, el libre acuerdo y el apoyo mutuo como las formas idóneas para darnos esta alternativa, que nos parece más buena, pero sobre todo realizable.

La autogestión no debe ser una utopía, ese lugar anclado en el futuro cuya concreción sabemos de antemano que no ocurrirá; es el eje que guía nuestras acciones constantes y cotidianas.



Mi papá era un estudiante de 19 años, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, de la UNAM, cuando emergió la impugnación estudiantil al sistema político mexicano, en julio de 1968. Él, como tantos, participó en este movimiento social de manera espontánea, voluntaria. No militaba en ninguna organización política; no recibía órdenes, nadie estaba a su cargo y no obedecía a nadie. Recién llegado de provincia, fue su criterio, su conciencia personal, su propia rabia, lo que lo llevó a sumarse a las acciones de impugnación que se organizaban en las asambleas y comités de lucha en la Universidad, y que se convertían en brigadas políticas en la calle y plazas públicas. Hizo gacetas y boletines de gráfica y poesía, pintó y cargó mantas, marchó junto a sus compañerxs en los días festivos y aciagos de esta densísima experiencia histórica.

Casi todo lo que sé del movimiento estudiantil lo he aprendido de él. En las clases de historia, durante mi trayectoria escolar, jamás se habló del asunto. En todo caso, fuera del aula, en la preparatoria y la universidad, comencé a unir los recuerdos de mi papá, con las centenas de anécdotas y relatos que teníamos por compartir quiénes éramos hijos de la generación del 68. No hay una historia oficial sobre el 68, y ¡qué bueno! La historia social es de la gente, de quien la vive y la hace; la memoria es inasible, heterogénea, cambiante, pero de su proliferación de miradas retrospectivas e introspectivas se resumen grandes verdades, que ni los historiadores orgánicos, ni las izquierdas partidistas pueden dejar asentadas como ‘la verdadera historia’.

Esto no niega la necesidad de que haya reconocimiento público y socializado del terrorismo de Estado (como lo ha hecho, hasta cierto punto, el Estado argentino, con respecto a la dictadura de la junta militar), por parte no sólo del propio Estado, sino de la comunidad internacional. La demanda de justicia pasa por la de que el Estado reconozca que usó la maquinaria represiva para acallar un movimiento popular. De ahí la necesidad de re-construir la historia, testimonialmente y con base en la desclasificación de archivos, para reconocer a los muertos, a los asesinados, a los detenidos y torturados, a los desaparecidos, a la población que fue humillada por la ‘autoridad’(ilegítima e inmoral); para juzgar a los responsables intelectuales y materiales de los crímenes de Estado (desde los más bajos niveles de mando y obediencia de los cuerpos policiacos y parapoliciacos, militares y paramilitares, autoridades políticas y administrativas, hasta los más altos, secretarios de estado, funcionarios del gabinete y expresidente de la República); y para garantizar la no-repetición, el “nunca más” aclamado en los setentas en el Cono Sur.

Sin embargo, la experiencia nos ha demostrado que no podemos dejar esta re-construcción histórica en manos de quienes detentan el poder, sean quienes sean, pues la tarea es de quienes sabemos que para construir alternativas más justas de vida, es necesario conocer la historia de impugnación, resistencia y lucha antisistémica, y hacerla nuestra es más que contarla y recontarla, más que rememorar y conmemorar a los caídos, más que sentir rabia, más que repetir hasta el hartazgo lo terrible que fue. Es necesario apropiarnos del contenido disruptivo e impugnador que el movimiento tuvo; procesarlo, digerirlo, incorporarlo a una memoria histórica más vasta, que incluya, implique y conecte experiencias diversas de lucha social. Esto para que el “nunca más” no sea una falaz promesa emitida desde arriba y desde afuera, sino una garantía que podamos darnos a nosotros mismos, cada día más convencidos que es la autoorganización autónoma, la toma en nuestras manos de nuestros destinos la que, en todo caso, podrá impedir que la fuerza bruta de la racionalidad militar, policíaca y tanática que habita en cada nuevo “dueño” del poder gubernamental, sea la que se imponga por encima de los poderes e intereses comunes, populares, republicanos.

A diferencia de la opinión general que se manifiesta en el mundo de los ahora “adultos” (frases tipo “yo también fui revolucionario cuando era joven”, “yo fui como tú”, y sandeces similares), la posición de mi papá sigue estando del lado de la rebeldía, de la impugnación al sistema global de injusticia que el capitalismo entraña, de la ruptura con las formas tradicionales de concebir la política y ‘canalizar’ el descontento social. Me jacto, pero lo digo emulando la modestia que a él lo caracteriza: mi papá no es un detractor de su propia experiencia. Tampoco considera el fin de aquel movimiento estudiantil y popular como una derrota. Él no acabó la carrera de ciencias políticas; se fue hacia la literatura, hacia la calle, a la experiencia, a la vida rota, no planeada, no institucionalizada ni institucionalista. A lo largo de su vida ha desplegado su muy peculiar modo de ser, de pensar, y actuar –al margen de los designios socioculturales y político-económicos que el capitalismo y el patriarcalismo pretender imponer en cada oportunidad, compulsivamente--. Mi papá vive la calle, la ciudad, con quienes en ellas viven, y sus ‘armas’ de lucha o, bien, ‘dispositivos’ de resistencia son la poesía, la imaginación, el amor, el juego, y un gran sentido del humor; establece relaciones muy fácilmente, con cualquiera, ante cualquier oportunidad, como lo hacían las brigadas estudiantiles en el 68, sólo que ahora bajo cualquier pretexto y sin consigna. Quizás, en todo caso, lo sigue guiando la misma convicción, la misma rabia, el mismo amor que lo guiaba entonces: el amor a la libertad.


Tal es la herencia, la memoria, el legado que la generación puede dejarnos, si queremos tomarla. El movimiento estudiantil mexicano del 68 ‘tomó la palabra’, como lo hicieran los estudiantes en París o tantas otras ciudades del mundo ese mismo año, pero no a cuenta de su ‘juventud’, de su especificidad estudiantil, clasemediera o ‘ilustrada’ (como alegan algunos) sino en nombre de lo que había estado innombrado, y se pretendía innombrable, en las acciones y discursos públicos hasta entonces pronunciados: la libertad. Claro, cada movimiento tuvo sus peculiaridades, sus rumbos, sus asegunes, sus variables, sus finales. Pero no podemos olvidar, aunque no hubiera más museos, más libros, más memoriales, que el mundo fue otro, después de 1968. Las exigencias de libertad de asociación, expresión, manifestación pública; la demanda de desaparición de los cuerpos represivos y de las leyes de disolución social –ahora la conocemos como criminalización de la protesta social--; y la demanda de liberación de presos políticos siguen estando en la agenda civil, republicana, democrática y libertaria. Se trata de quiénes la tomamos en nuestras manos, y cómo nos organizamos para defenderla.


Sin mayores pretensiones que la de la solidaridad, mi papá, mi mamá y mi hermano hacen guardias conmigo y mis compañeros en la huelga. Largas conversaciones tengo con papá sobre las posibilidades de la autogestión, sobre los caminos que nos quedan, a ambos, para defender nuestro derecho a vivir como queremos, humilde pero dignamente, en este mundo, que a pesar de injusto y cruel, encontramos bello, en gran medida bello gracias a las experiencias de resistencia y lucha por la autonomía y la libertad de que esta plagada la historia local y humana.

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