Presos, campañas y elecciones

Compañeros de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, de varios temas quiero hablar hoy con ustedes: la cárcel, la defensa de los presos de Atenco, la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y la otra campaña, la UNAM y las inminentes elecciones nacionales.

1. La cárcel
Los compañeros presos están llevando una ardua lucha por sus derechos, por sus ideas y por su libertad. Todo apoyo externo hacia esa lucha es significativo y bienvenido, tanto para los de adentro como para los de afuera, las dos dimensiones que el mundo adquiere cuando uno está preso. Como preso político del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz estuve seis años en la antigua cárcel de Lecumberri, entre 1966 y 1972, junto con muchos otros compañeros de organizaciones de izquierda y del movimiento de 1968. Hablo, pues, por experiencia vivida y por conocimiento recibido, desde mi primera e invariable adhesión al socialismo revolucionario, allá por 1944, el día en que el pueblo de París reconquistó, armas en mano, su ciudad sobre los invasores nazis.
Diré cinco puntos, que no por sabidos está demás repetir en estos días:

a) El primer territorio de defensa de los presos es la organización de su vida en la prisión. Es preciso ordenar la rutina de la vida cotidiana contra el mundo absurdo de la cárcel: el despertar, el dormir, el ejercicio, la conversación y la discusión, la cocina o el sencillo aderezo de la comida recibida, la convivencia, las noticias, la lectura y el estudio entre compañeros.

b) Es necesaria la relación más estable posible con los presos comunes. No puede ser una relación de intimidad, pero tampoco una de lejanía. La mayoría de ellos respeta a los presos políticos, muchos los ayudan y son solidarios. Es preciso establecer, desde el lado de acá, una relación de distancia y respeto con los guardianes: evitar entrar en conflicto, evitar entrar en confianza. Algunos de ellos pueden ser, sin demostrarlo mucho, humanos y hasta solidarios. Se trata de aprender a distinguirlos.

c) Hay que instalarse en la cárcel como en territorio propio, superar la ansiedad de esperar cada día la salida, vivir a fondo cada uno de esos días, muchos o pocos, como todos los días de la vida. Es preciso estudiar, aprender lo que otros saben y enseñar lo que uno puede. Es necesario el orden y hasta la pequeña belleza dentro de cada celda o espacio ocupado. En el año 2000, las compañeras presas del movimiento estudiantil de la UNAM hacían todo esto y habían armado unas celdas impecables, contra la dirección carcelaria que prefiere el desorden, la dejadez, la depresión. Es preciso recurrir a esa experiencia, así como a la de los compañeros del 68 y a la de tantos otros compañeros y compañeras que han pasado por cárceles mexicanas o latinoamericanas, a comenzar por los presos zapatistas.

d) El apoyo externo de familias y compañeros es indispensable e invalorable, cualquiera sea la forma que tome: visitas, libros, comidas, canciones, mensajes. La cárcel es una prueba de amistad, fraternidad y solidaridad. Junto a la lucha por la libertad, es necesaria una lucha tenaz y cotidiana por las condiciones dentro de la cárcel, la entrada y la amplitud de las visitas, el derecho a tener libros, televisores, radios, computadoras, utensilios de cocina, todo aquello que hace la vida cotidiana y que en la cárcel se comparte. Todo eso se había conquistado en la cárcel de Lecumberri ya en tiempos de Díaz Ordaz. No es posible aceptar que hoy ya no exista.

e) Ni la vida en la cárcel, ni la revolución, ni el movimiento social necesitan de héroes. El heroísmo proclamado suele ser un mecanismo de culpabilización de los demás, de quienes no somos héroes, sino nomás personas cotidianas. Los héroes verdaderos no saben que lo son y, por lo tanto, no lo andan proclamando. Entre las cosas del heroísmo inútil están las huelgas de hambre innecesarias. No tiene caso, apenas caído preso o presa, iniciar una huelga de hambre por la libertad. Existen antes otros caminos y otros métodos. La huelga de hambre es un método de lucha extremo, cuando ya no queda de otra, como los revolucionarios rusos en las infames prisiones de Stalin, los insurgentes irlandeses en las cárceles crueles de Margaret Thatcher o los presos de Bush en el espacio sin ley de Guantánamo. Como sucede con cualquier otro método de lucha, la huelga de hambre innecesaria desgasta al compañero y al movimiento y no hace mella al enemigo.

No vengo aquí a decir a nadie lo que tiene que hacer. Digo nomás que es preciso recurrir a la experiencia vivida, que entre nuestra gente mexicana las sucesivas generaciones y sus luchas han atesorado.

2. La defensa

Dos cosas aquí quiero anotar:

a) La defensa de los presos políticos es una tarea democrática. Como tal, es una tarea amplia, en la cual hay que incluir al mayor número disponible, voluntario y posible, cualesquiera sean sus ideas, creencias o posiciones sobre otros temas. Excluir de esa defensa a compañeras o compañeros porque se tienen posiciones divergentes o contrarias, o por sospechar que quieren sacar provecho de su participación, o por la diferencia política que sea, es sectarismo de lo peor. Es hacer de los presos la propiedad de cada grupo o capilla.
No estoy hablando de la situación actual, que a este respecto desconozco. Hablo de una larga experiencia nacional e internacional que una y otra vez reaparece, al igual que la grilla, al igual que las sectas, los poseídos y los iluminados. La defensa de los presos no es propiedad de nadie. Bienvenidos cuantos quieran organizarla en sus tiempos y a sus modos. Las puertas de la campaña por la libertad de los presos de Atenco están abiertas para quienquiera venga a sumarse, en lo que quiera y como pueda.

b) Los procesos contra los presos de Atenco no tienen ningún sustento jurídico. Cualquier juez honesto ya los habría puesto a todos en libertad. La tarea de los abogados es demostrarlo, y lo están haciendo. Tampoco tiene sustento jurídico la separación de los presos y el encierro de tres de ellos en una cárcel de alta seguridad. La defensa jurídica no sustituye ni perjudica a la defensa política. Una defensa legal con abogados capaces, coordinados y democráticos es indispensable para destruir en el terreno jurídico el montaje de los fiscales y los jueces. La mano que abre las puertas de las cárceles es la movilización y la defensa política, pero la llave necesaria para que esa mano lo haga es la defensa jurídica. No la descuidemos ni la menospreciemos. Respetemos a los abogados que nos defienden. También aquí en México hay una larga experiencia. Tengo entre mis recuerdos la solidaridad, la valentía y la destreza profesional de dos abogados que hace 40 años se la jugaron por nosotros: Carlos Fernández del Real y Guillermo Andrade.

Adolfo Gilly *

* Mensaje leído en la presentación de la revista Contrahistorias, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Cuicuilco, 26 junio 2006.

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