"carnal me gusta el alma y con alma la carne", lezama lima

24 de octubre de 2003

"Nosotros somos últimamente los cuentos que nos contamos a nosotros mismos sobre nosotros mismos".

5 de octubre de 2003

De andares en la ciudad...

Ángel lánguido y roto, infestado de tumores; en su recoveco de asfalto, una delgada capa de resabios diurnos: la hojalatería de viejo, el plástico bien muerto, la sangre de una novia robada, el aliento a recuerdo de un paseo fugaz y distraído, la impaciencia de la lluvia.

Silencio de gatos mirando lunas plateadas.

4 de octubre de 2003

PRIMER INTENTO DE ASESINATO
Los personajes desaparecieron de este lugar. Algo que no iba a ser, se secó. Nada nace nuevo, a menos que una madre se embarace. Alguien llega, soy yo. De a poco, tomo el cuchillo para matar este aliento de mujer de semáforos en alto. De a poco, como diseccionando una hormiga. Y si no se muere, no será culpa mía. Habrá tiempo libre. Y será ese el mejor pretexto para no sabotear otro proyecto. Por lo demás, acá todo es gratuito y así sale. Se acabó la estrategia de publicidad. De mal gusto el intimismo. Nada de literatura. Algunos mensajes para botellas de mar. Y uno que otro guiño a mis quereres, a mi corazón-coraza. Si se puede.

22 de septiembre de 2003

Lichfrida se hace preguntas cuando camina. Sin suéter, deambula por la plaza donde se murieron 3 o 300. No hay rastros de nada. No hay rastros de hierro y sangre. Ni estelas ni placas. Lichfrida se pregunta cómo sabe las cosas, para qué. ¿Para qué sirve la memoria? Sopla un viento muy fuerte, la enfría. Lichfrida camina con más trabajo. No sabe cuál era el bolsillo, la piedra, la ventana, el hombre que podía darle pistas para comprender cómo se calló la muerte su misterio. Hay silencio de ciudad. Lichfrida no sabe nada. Tropieza con un pedazo de asfalto resquebrajado por la tierra. Y se le olvidan las preguntas.
Esto le ocurre cotidianamente. Y no pasa nada.

16 de septiembre de 2003

Tea vacila en sus movimientos. Camina flanqueada por un par de sombras que la jalonean con un mecate y le aprietan el mentón con u par de manos duras y calientes. La obligan a palpar la pared con las manos, mirar hacia atrás cada tanto, y seguir en línea recta. Tea mastica lengua de miedo.
Mira los edificios de la calle; en el más chaparro habita el vacío; parece que las ventanas y las puertas encierran un secreto antiguo para un transeúnte anónimo.
La tienda de la esquina izquierda norte emite un ruido de insectos en incendio. De su ventanilla sale un olor a fermento.
Tea anuda garganta, aprieta el ceño. Luego, afloja frente y quijada, respira hondo y asume que tener miedo es una manera de permanecer de pie. Pero demasiado en vilo.Desde la profundidad de un abismo de roca y sal viene una brisa que refresca.
Al final de calle está un gran salón de baile redondo. Humo, alientos, axilas, vasos de cerveza y ron. Buen reven adentro.
Tea se marea, exige un segundo para abanquetarse y despedirse de sus últimos desechos. Las sombras cuchichean; el farol de la acera les cambia las muecas. Se oye un sonido gutural casi violento, y Tea se desploma. Cae al asfalto, en medio de la calle. Las sombras saltan hacia el filo obscuro de la esquina. Tea se queda inerme, tiesa. Hasta que el roce con las piedrititas del asfalto le devuelve la conciencia.
Tea, bocabajo, tragando saliva, y enjugando lágrimas. Cuando saca la lengua, prueba su territorio. El charco le sabe a sábana sudada. Un cuarteto de ojos la despide hacia el día con un bandoneón ninguneador y melancólico.

29 de agosto de 2003

que salgan las muchachas a la calle. que llueva intenso sol de rayos plásticos. que me robe el aliento un recuerdo de beso adolescente, un gentil beso de chamaco de 12 años, de media hora, que me robe el aliento. que todos los locos de manicomio armen una estación de radio. que transmitan tus exhalaciones, radioescucha empedernido. que todos los ganadores del premio al gran mamón diseñen un blog que permita en tag cotidiano una mentada de madre. que estas ansias no me corroboren la angustia. que las feromonas no me hinchen la piel. o que se deslinde de mí esta loca múltiple, vertida en derechos y responsabilidades de los que yo nada quiero saber. que se me acabe la voz primera en singular. que se rompan los espejos. que la música ausente en estas palabras saque a su perro a pasear, y que me muerda la sien o la entraña. así, algo duro de morder. algo duro testarudo. algo que me de gota de invierno silente. algo que me queme de una sola flama, que me prenda en llamas. algo que me invente de nuevo, o sea, otra vez. no el mito de mí, no la pasión de mis huesos. no la desesperación de ser, ni la prisa por seguir. no mi caja de zapatos llena de cartas ridículas que no puedo tirar. o sí, pues. o lo que sea. que, por ejemplo, me salga un tono de sirena urbana, un ruido de araña. un mugido de patona en la pared. que me brote cola de escorpión, cara de rana de hule, lengua de pato mordaz. eso, que me nazca la mordacidad, la ironía. o que me la cultive un hortelano en la vagina, o regina en el verano. o que me la siembre un toro semental o un gallo matinal. o que llueva, que llueva, la virgen de la cueva. o algo, por favor, algo. no un frasco de pastas, ni una manzana envenenada. no un tiro de la ruleta. no un lamento eterno descompuesto. algo así como un grito de batalla en medio de la nada. desde dentro, desde la garganta. algo así como una rajada en la espalda, ver la sangre correr; correr de tanto ver sangre. caer en multitud de partes, despedazarme, recomponerme, armar el rompecabezas. pegarlo con baba en la pared. o yo llover. o ver por dónde abrir una ventana y masticarle el huevo duro a los que me cagan la madre. o ir al psicoanálisis. que vengan todos los doctores a operarnos a todos, y luego que todos los operados los tendamos de pies en las azoteas, y matemos de sana risa, con cosquillas, a los matasanos. que se nos acabe el dolor, sólo para que regrese y nos prenda el motor, ron, ron. gatos. miau. eso. que salgan a la calle todas las muchachas, y se echen un danzón a ritmo de joropo. eso quiero, en lo que dura este minuto y medio extendido de sopor. que haya un eclipse largo, largo, y yo me desvele mirándolo, y muera enceguecida, incierta, metafísica, lánguida, ignorante, pacífica y sencilla.

15 de agosto de 2003

lares cuernavacunos
eterna prima Vera
soles en la piel
agua hasta en la garganta
deditos arrugados
toallas en el pasto
rico comer...
¡nos vamos de viaje hasta el próximo jueves!

11 de agosto de 2003

rápido se metió el anclaje en el bolsillo
y cayó en el fondo de su oceáno;
las preguntas se le llenaron de basura marina,
y no hubo mamífero acuático que le mordiera las entrañas.
murió ahogado.

7 de agosto de 2003

SEXTA VEZ.
NOCHE DE INSOMNIO.


Insomnio y enfermedades mentales.
Los amantes quieren dormir o matarse.
Desvelos de ciego;
sobre la mesa pan,
una botella de ron y un disco de reproches.
Caja de deudas, minúsculos derroches.

Tea se pregunta por él,
por sus desavenencias con la nada,
por su tortuoso andar
y no recibir nunca nada de nadie.

¡Ay!, sus agostos en quebranto,
su musgo de garganta.
Níquel en la espalda y
nadie hace nada; maldita sea.


La noche, impávida, mustia, recoge migajas de la mesa.
Extiende su mano en sigilo, toma el pan, se lo lleva a la boca,
y no dice nada.

Él vocifera,
le pega a los entrometidos gatos,
a las perras en brama.

La luz del foco calienta el comedor de esa casa habitada por la soledad.
Soledad habita en una caja de galletas olvidada en la alacena.
Ambas expiraron hace largo tiempo ha.
Todo lo demás
son moscas y zancudos compitiendo por los últimos alientos de esa boca.
Boca que sabe a fermento de la infamia.

A él se le enciman los dedos de una muerte que no está
y pelea y grita y arremete con las muñecas para ahorcarla.

¡Ah!, maldita muerte que no está, que no llega, que llega,
que me desposa, que me ultraja.


Y la noche, necia, que no la llama.
Noche hermana de la muerte, llámala.
Nada, ni de enfermera, ni de mensajera,
la noche no ayuda hoy;
compró ticket para otra tragedia,
mientras aquí se escenifica la farsa de los solos.

Y Tea sin poder morirse,
y él, sin poder matarla.

Noche espectadora.
¡Cabrona!,
fácil forma de acomodarse sin arriesgar nada.
Pero ¿qué tiene para arriesgar la noche?

Los amantes duermen, sin descansar en paz

5 de agosto de 2003

5a. vez. En la que ella se va.

Noche pasajera de los trenes mentales de una loca o de chofer de taxi. Los habitantes de todos los países hacen cola para entrar en ella.. No hay quien quiera perdérsela.
Ella se viste en el camerino, canta, enciende las luces, es tramoyista. Luego se anuncia. Si quiere saca su luna, si no, no. Puntual sí es, pero caprichosa como ella sola.
Se sienta de pierna cruzada en el andén. Si se le ocurre o quiere divertirse se llena de equipaje. De cualquier forma, en juego de relevos le da la mano al día cordialmente. Baja él del tren y sube ella, señora aristócrata o desquiciada nerviosa de hospitales –como se le quiera ver. Pasajera del tren observa por la pupila obtusa de la ventana a los hombres de corazón desgarrado que habrán de perecer con ella, inexorablemente. Vía de la noche, el camino es suyo. La máquina, lo de afuera, es el mundo.
OTRAS VECES DE LA NOCHE.

Cuarta vez.


Piel contra piel, sudor contra sudor. Labios de amantes que roen las esquinas de la cama. Temblor, estertor de cuerpos al descubiero. Velas y velos cubren la velada. Caldos de frutas que se escurren en las bocas. Tea es mujer menguante; él, niño creciente.
La noche está de blancos. Augurio de la nupcia, la noche saca la luna del estuche y la toca; la luna suena y los amantes la escuchan y hacel al amor creyendo que lo inventan.
Tea le trae a él todos sus márgenes, él le recoge el vientre, y le obsequia todas sus fronteras. Se esfuerzan en sucumbir ante el cansancio de las horas, restregándose; la noche los arrullas, los cansa, los arrulla y les promete más noche.
Descansan a pierna suelta, ventana abierta y se bañan de luna. Poros y lunares cortejan, embelesados a las estrellas y planetas.
Vuelve a venirse al centro la lujuria. Pero ahora los aposentos son para los puntos que simulan constelar el universo.

4 de agosto de 2003

VECES DE LA NOCHE

1a. vez.


Sí, gracias; la noche es pasajera del tren. Se porta bien y saluda por la ventana; anda toda cuerpifloja porque sabe de dónde le sale la gracia y la violencia. Conoce desde arriba los desgarres del mundo y sabe cómo remediarlos y dónde. Por eso va feliz, como niña, sin fingir decencia. Es cínica, la desgraciada, pero cómo no va a serlo y, en todo caso, ¿quién se atreverá a reclamárselo? ¿Quién renegará de la madre? ¿Qué hijo de su desnaturalización absurda va a tirarle la primera piedra? ¿Quién no tiene en su haber delito qué contar, metáfora qué inventar? Y ella lo sabe, y concede. Cierra las piernas y posa los codos sobre las rodillas y con cara de sorprendida –vieja con capacidad de asombro, la obscura– saluda a los niños que saltan, corren y se empujan para mirarla y hacerle muecas desde la estación fantasma del pueblo perdido del ruinoso reino. Se mete en los ojos de los niños esos y les arrebata la ignorancia y el resquemor, el miedo y el frío. Por eso andan contentitos, sin suéter, jugando fútbol afuera del vecindario, en la cuadra. Por eso se les olvida el hambre o se les antoja la lluvia. La noche: térmica, perspicaz, caballera, pasajera.

2a. vez

La noche se le adelanta a los amigos para cubrir de llanto el infierno de los desamados; les da sombra rasposa para que se arrastren hasta desangrarse; luego los entibia, los cura, los devuelve a la cama, y los amordaza para que ya, ya, ya dejen dormir a los demás.

3a. vez

Noche siniestra que mata a los desacompañados transeúntes. Noche de callejones y salidas de metro que roba los acentavados dineros de los jodidos y rejodidos. Noche obtusa, noche egoísta, noche maldita. Camina el hombre pensando en el café con leche junto a la mujer. Camina el hombre guardando el cansancio de la vida, de ese día nomás, en el bolsillo del pantalón. Los cuadros de su chamarra mueren de sueño, pero le ayudan a sobrevivir y se aguantan y siguen siendo cuadro y lo mantienen tibio y despierto. Y la noche inoportuna lo alumbra, pero lo lleva de la mano a lo que corta y mata y no le avisa ni con un guiño de estrella. Vienen otros hombres, quizá sin muchas ganas, y le roban el sueño de morir en cama junto a la mujer y no sólo eso le roban...Y la noche, grosera, no hace nada. Nadie se compadece porque no sale nadie a ver. Y luego la mujer pasa, noche en vela, esperándolo. Él no regresa.

3 de agosto de 2003

está la mano siempretibia/guía de turistas/infame acomodadora/mano edecán/mano capitán de barco/está tu mano que va uno apenas reconociéndola
y ¡!
de pronto otra mano. para tus manos mi cordillera/ montaña subiendo/
montaña subiendo a la torre dueña de los oxígenos.

los brazos...
tienes ciudades en los brazos. miro allí una selva de turbios caminos. una morenez solar que me lleva a la miniatura de tus poros. estás vestido tú de tu habitación/de tus secretos/de la música que aún no es la tuya/vestido de tus dudas/ del pudor callejero/vestido de mi vestido/ vestido de mí. allí en tu ropaje me hundo.

me hundo para ser sirena y comenzar a nadarte. cuello de collares/cuello de necedad/cuello de girar hacia donde se disparan los rayos de los ríos/los caudales de las tormentas solares/cuello de poner ahí un desafío/cuello que te camino. recorro tu nuca y ya vislumbro
unas óseas prominencias tuyas: omóplatos rompiendo piel, dándosela al viento para que la rompa en aires y salgan esos bultos, raíces de alas por nacer.

pero estamos en la nuca y las seudosirenas gustan de nadar por las nucas y ahí me hundo y ahí chupar y morder hasta que desborde la sangre. estoy que recorro tu cuerpo a lentas y tientas y llegas con tu altiva soberanía, tu goce de uso de suelos, territorios ajenos y así, sin más, sin pasaporte
encajas tus labios en mi boca
y me ametrallas

tu lengua/tapiz de hormigueros/pez de aguasdulces
tu lengua/último bastión espía/alfajor peruano de cumpleaños
tu saliva/torrente musgo lodazal semilla lluvia santaclareña,

y apenas se está acostumbrando uno a las cosquilla en las arenas interiores de los labios cuando llegas
con un zarpazo hijo de la noche de la selva/
se humedece mi vagina/
me recorre a mí un agua de atardeceres y madrugadas guardadas.

la sangre anuncia el alza, sin mayor vergüenza, de la temperatura y las caderas.
la espalda y la contraportada de mis piernas se adhieren a tí como temiendo que te les vayas
y ya tu espalda es una pista/manantial/muro de contención/espuma para poner mis dedos de azúcar, de piel de tambor, dedos, sobre tu espalda, mis manos...

¡agua, agua! quiero beber agua, encájame todas tus líneas, tus atinadas soberbias, tus manojos de hierba.

tus manos y tus labios se arrojan a mi pecho y me descascaran y chupan la pulpa de mis senos, pequeñas cimas rodeadas de nieve y caldos salados.

te desprendí ya de tus ropas, de tus vacíos/ me desprendí de las prendas que me acobardan y soy así la única que soy, ahí, así

estás sumergido en el líquido de mis ojos/toda la savia de mis trópicos/nado tus infinitudes/nadas mis reconditades/la avalancha de caricias crece como la letra crece y como la sangre y los días y la historia y las palabras y los secretos crecen y los miedos y las certezas y los poemas y los recorreres crecen/viene una explosión de pieles/zafarrancho/ tu piel contra la luz / desierto poblado por hadas y gigantes/las dunas y los vientos arremeten contra mi rostro que pelea con un espejismo de verdes y retoños/camino y recojo y pongo en mi canasto tus lunares, tus sepias, tus bellezas una a una y me siento sobre tu vientre (en un lapsus paréntesis) a desenredar esos nudos de tus vellos, a comer uvas y masticar tu aliento mientras siento, en las yemas de mis dedos, tus besos, está así la cosa cuando se aparece un camino amarillo siniestro, un gato lunático, un pez volador y una carta-invitación a la danza de tu sexo: yo digo que no, me contengo, las brujas no hacemos eso

pero se cierne sobre mí –cosa de segundos—un polvo de piel, de rizos, de miradas, que me penetra pecho y espalda/baja por mis nalgas hasta los tobillo y –en mi texto—a la nota al pie. tu estrategia gana y bajas contundente,
mirada perdida escondida, detrás de los párpados,
con alas abierta, emergiendo de a poco,
y me abres,
guarida,
libro,
para entrar sin guía, sin contexto,
a los renglones, fogatas, viñetas y arenas
de mis más adentros.
abres un ventana, tocas mi pecho, muerdo tus labios
implosión de carnes/reacción en cadena/agua/contracorriente/abismo/abandono/luz/orgasmo anestésico/amnésico silencio/mucho silencio/
descanse en paz
la bruja ha muerto.
descansa en paz sobre su cuerpo el cuerpo del hechicero.

Vástagos de la tristeza, parece no extrañarnos el impostergable
aullido de los crepúsculos.

Vamos tranquilos con el aliento a secas.
Adentro de la olla se condensa el hervor de nuestras pesadumbres, nuestros lastres.

Trabajo le cuesta
a la ventisca de los días
cargar con nosotros.
Estamos más asidos a los musgos,
la tierra y las lombrices
de lo que creemos.

Pega un grito de terror el azular del aire
y estallo en llantos
porque no sé tolerar el contagio de los miedos;
me hundo acuclillada entre tus piernas
para disolverme en el roce,
en el sudor.

Cierro los ojos, los oídos.
Cierro la nariz y la garganta.
Vuelvo a la posición fetal,
y el amado es la madre
contra la que levanto un ventantal inmenso.

Los muñequitos del infierno se me quedan colgados de las manos.
No me sirven ni el dolor ni el delirio.
No me carcome la certeza del amante.

Lloro de dudas,
de emoción nocturna. Ruido de abejas
con tendencia a helicóptero de sangre.
Tiemblo de calendarios,
tiemblo de necesidad.
Agudizo el grito
para pedir auxilio, pero
mi voz no me nombra,
y los que están no escuchan
y los que escuchan no saben que están.

No habla la boca por mí
sino el estertor.

Se detiene el retumbar, el titaquear de las venas.
Se sorprende ante el espejo
nuestro corazón,
porque
el mío
está dejando de latir
y yo miro alrededor
y ya todo es un montón de sal.
Una del Silabario de Woody Allen, dicen...:
Es curioso que se le denomine sexo oral a la practica sexual en
la
que menos se puede hablar.

15 de julio de 2003

GRAFFITTI
Huele a hombres viejos, a perro que se nos murió ayer. La verdad es que este laberinto de calles es la traza de las preguntas que Lichfrida se hace todos los días. Nada que no se haya preguntado antes. Como si fuera herencia de tíos refunfuñones, el futuro sigue siendo un cofre de tesoros cuya llave está perdida. Camina con dolor de garganta, y fuma. Camina con dolor de muelas, y masca sus ansiedades para no estallar en lloradas litúrgicas, para no volverse inconsolable. El cuerpo nomás le funciona, el día le apura, la mala suerte de vivir con la conciencia parada de puntas la mantiene erguida. Lo demás es un sueño diurno, una chaqueta metafísica, un boceto de nostalgias para desmenuzar en silla de ruedas. La vuelta de la esquina está cerca, la cita era hace dos horas. El enojo, sin embargo, no es capaz de metamorfosearse en látigo o veneno. Y queda un rato para seguir andando. Lichfrida anota finamente sus dolores, con un pincel, en la pared. Y una julia llena de rufianes la monta encima, para llevársela, por daños en propiedad federal o en propiedad ajena. Ahora sí, sentada en una banca color ostión, Lichfrida llora hasta que los llantos le queman la lengua y el cerebro.

11 de julio de 2003

TARDE DE TIEMPOS ROTOS
Lichfrida Carles envejeció de repente. Se levantó de la cama, y estaba todo asquerosamente orinado. Corrió al baño para meterse a la regadera, y se encontró con Doña Lichfrida, pálida y ocre, detrás de un par de platos grises que la miraban iracunda. Se fue asustada a recorrer su casa. Todo estaba exactamente en las mismas condiciones que la noche anterior, excepto porque en las fotografías estaba ella, con sus 9 hijos y sus doscientos mil nietecitos comiéndole las faldas. Apretó el ceño, y mecánicamente se puso los lentes de anciana que le colgaban del cuello, para acercarse a conocerlos: allí estaban todos. En una foto llena de color, de mayor a menor, estaban sus hijos: Turbocar, Paulatina, Implícito, Oxígeno, Hartitas, Melamina, Sopadepelícano, Pochola y Alekinicapablanca.
Resopló de asombro y turbación y se dejó caer en el sillón, con un gran dolor de cabeza. Fijó la mirada en la esquina del librero horrible de rattan que le heredó su abuela y puso la mente en blanco. Así estuvo durante seis horas. No tenía soltura para preguntas racionales o filosóficas. Fue a su cajón de archivos personales, y se encontró la historia. Cada uno hijo de padre distinto, cada padre de distina filiación fenotípica, un par de ellos en realidad eran mujeres, una griega, y una descendiente de árabes (garantizada por la nariz prominente). Uno, hijo de monje zen, otro de matemático empedernido.
Nada de lo que se estaba enterando tenía sentido. ¡Y luego los nietos! ¿De dónde salieron tantos? Plaga de hormigas no había estado nunca en el inventario de sueños futuros. ¡Pero, cuál futuro! La piel arrugada, las venas saliéndose, la escasez de pelos en la pucha y las axilas, el colgajo humano...todo muy presente.
El corazón comenzó a acelerarse, la presión se le bajó hasta la punta du su infierno, y se retiro a llorar la angustia en el rincón de su cocina, como una bebé. Después, se convulsionó, y perdió la conciencia.
Cuando reabrió los ojos estaba en el departamento de interés social de su madre, todo olía igual que siempre: a humedad seca. Todo se veía igual que siempre, y estaba en su justo lugar: calcetines en el comedor, toallas mojadas en la sala, trastes sucios, libros en el baño, periódicos en la zotehuela, cortina caída, trastes en los cuartos. La mamá y el hermano entraron tan campantes por la puerta; traían coca-cola y chuchulucos para ver una película. Lichfrida, descalza, sudaba fríos. Paralizada de incertidumbre, preguntó a mamá:
--Mamá, mis hijos y mis nietos....
--Chale, hermana, estás bien piradísima...Mejor vente a ver una peli con nosotros.
--¿No que no nomás quieres tener uno, hija? Oye, te ves muy pálida, ¿que no comes ahí en la chamba?
Lichfrida volvió a dejarse caer en el sillón. Su razón estaba agrietada.

9 de julio de 2003

¡AH! LA FALTA DE SALUD
Novo Pírez cae enfermo. Su Creadora se distrajo mientras configuraba su constelación desoxirribonucleica, y resulta que, el pobre, tiene errores "de dedo" en el código que le señala la vida. ¿Mala suerte o destino? No importa, porque la mala vida que lleva, de cualquier forma, le auguraba un nocaut, un agónico descender por el despeñadero de sus inmediaciones.
Novo suda frío, llora la sangre que lo contamina, diseca la lengua y la encuadra para ponerla en la sala. Intenta el bisturí para el ojo, pero se detiene. No sabe si la enfermedad implica locura, o viceversa. Se detiene debajo del marco de la puerta y llora. Chale, la vida no puede ser tan jodida como para malgastar el tiempo en depresiones. No hay manera, con el malestar físico no hay manera de luchar. Habrá que dejarlo pasar. Esperar, y dejarlo pasar; aunque duela.
Lo que duele es el paso del tiempo; la añoranza de un estado de salud cabal. Novo Pírez hojea viejas revistas, intenta un libro policiaco, intenta a Pessoa y Reis; se cocina un güevo; prepara 3 litros de té de ajo; se baña; suda y suda de punta a rabo; navega por internet; llama por teléfono; chupa un dulce, come un chocolate; vomita saliva; tiene mal sabor de boca. Nada, nada pasa.
El enfermito, señor Pírez, quiere distraerse del dolor viendo la tele, pero cuando se acuesta y la prende, entiende que ella, la pobre, está peor que él. La ardipia, la locura, el malestar se le confunden. La tarde avanza lento. Y de repente el teléfono empieza a sonar como un degenerado. Novo contesta temblando. Le pone de malas el temblor y el hambrear. Suena una balada ochentera en el departamento de arriba; huele a que la mujer otra vez trapea la casa con pinol. El olor baja y se le mete hasta el centro del cerebro a Novo.
Pasa el día uno, el dos, el tres. Ni antibióticos ni medicinas homeopáticas; ni lo alopático ni lo otro. Parece que en el fondo de esta insalud corporal lo que hay es una crisis anímica. Puro caldo de cultivo para desquiciar los ciclos del organismo.
Novo no se cura. Novito. Pobrecito, muy enfermo.

8 de julio de 2003

PRISA Y TEDIO
Esa soy yo. Tiene 10 minutos para terminar. Esta eres tú. En juego de espejos con las palabras, la computadora, Angélica que está a mi lado, la música que suena y suena allá abajo, los amigos que se avecinan y un grumo de posibilidades del ser con el que no quiero toparme. Ahí estás tú con tus personajes, y tu poco tiempo. Cita en 9 minutos, y gente que viene y pregunta, y tú siempre con tu cara de pendeja. Llena de miedo, llena de gripas, llena de afecciones para detenerle el rumbo al día. Estás atosigada. Ella, la que vive en mi cuerpo, funciona. Es quien hace las cosas, quien resuelve problemas. Tú escribes, metida entre un par de vidrios que se acercan. Yo lanzo nuevamente esta botella al mar...para recalentar. Warm-up de mis entrañas. A ver qué incauto cai. Quedan 3 minutos.

26 de junio de 2003

Historietilla

La muchacha quedose dormida en las faldas del árbol del Tule. Despertose y encontrose corriendo a un conejo que iba corriendo muy rápido con una i-book bajo el brazo. "Voy a llegar tarde, decía, la Duquesa me va a poner como camote". La muchacha lo siguió a pasos largos; una puerta medio madrigueresca se abrió y ella se metió sin pensarlo. Cayó en un túnel muy profundo, pero a una velocidad muy lenta. En él había imágenes digitalizadas de un atardecer en Real de Catorce, una vieja de pelos morados subida de tono en La Hija de los Apaches, un bebé mordiéndo la teta de su madres, una Alicia siniestra con un cuchillo oficiador de torturas, un sombrerero loco, desparpajado y sucio que chateaba todo el día con una Libre de Marzo (amante de los sexchats), una margarita margarota, y un Ulises Milla, autor de otra Alicia. Después todo adquirió una velocidad desenfrenada, y la muchacha cayó de sopetón, se nalgas sobre un piso de cemento muy duro. Era la realidad, y no el País de Las Maravillas. Se encontró de frente, también de sopetón a un sureño de acento decantado, era Ulises Milla, que le regaló, a regañadientes, la posibilidad de llevarse con ella los pixeles de una noche de creaciones y borrachera (seguramente). La muchacha tomó los pixeles y los metió en su bolsito, lo que hizo con ellos será motivo de otra historietilla...si la botellalmar se lo permite....

21 de junio de 2003

Para azoteas, la mía, carnal.

Este es el juego de Juan Pirulero, el que se raje es un culero. Esta es una página de contenido familiar y política decente, el que abra páginas prono, también es un culebro.Este es una casa retórica, apostólica y remona; por favor, nosté chingando cualquier hijo de vecina.Esta es una pinche vieja loca que me está rondando la maceta; a'i échemele un ojo, porque si no si vengo y se lo despojo.

Hay gente que nomás roba aire. Gente que debió quedarse embarrado en una sábana. Que debió asfixiarse en el cunero. Pero, acá entre nos, este pinche coraje que traigo: más baras que la carne de gato. Ni pedo.

¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! Nadie responde; mi perro está jetón. De sopetón que me levanto, y que deveras que está Don Fredo, bien bien pedo, colgado de la desa, de la azotea; como que haciendo que se va a tirar. La Karen y la Natalia están chillando ¡Papaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Y ese güey: ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos!

Por fin, bajo a abrir el portón. El Yonki está ladrando bien fuerte, bien asustado, porque ya también sintió al borracho en nuestra azotea. Abro, me asomo, y está toda la caballada, mano. Y nada, que nadie lo convence. ¡Órale, güey, ya tírate; queremos ver sangre, puto! Y las chamacas; la Karen: ¡Papacito, por favor, ya bájate, te vas a caeeeeeeeeeeeeeeeeer! Y chale, con los chillidos de la vieja. Requetechillona, gritoncita, pues. Y la esposa, dicen, la Señora Mari: ni madres que va a andar saliendo a convencer a ese pendejo, bueno para nada, viejo teporocho. Y no la mueven de su cama; está viendo la novela.

Ya está, ora sí, ladrando todos los perros de la cuadra; todas las chamacas gritando; los chemos ya se sentaron pa' ver el espectáculo, y el güey ahí. Yo en piyama; me pidieron que les prestara los colchones de todos los cuartos vacíos, ...pero yo todavía no había visto al ñor, o sea que estaba tranquilo. Les di tres, y, además, llamé a los bomberos (no mames, 6 pinches llamadas y las líneas ocupadas).

Bueno, total que la banda puso ahí los colchones, y todo mundo empezó a sacar su colchón. Bueno, ya nomás faltaba sacar la ollita de los tamales y el café, porque eso ya era una cosa. Y Don Fredo: ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! Pe-dí-si-mo.

Total que medio me visto, y voy a verlo, y no mames, se me fueron los güevos hasta el suelo, y luego rebotón en la garganta. El ñor estaba haciendo como que ya se iba a dejar caer. Y había de todo: ¡Que se eche, que se eche! Y el Beto, allá arriba, con las puntas de sus dedos, como a 10 centímetros de él: ¡Ya vente, papá! ¡Vente, papá! ¡Papá, vente! Y Doña Mari, inmutada, viendo la novela. Yo con el corazón y los huevos en la mano. La banqueta, eso sí, estaba preciosa, con todos los colchones, unos hasta con sábanas, y creo que almohadas. Lo malo es que había llovido.

Los bomberos nunca llegaron. Beto y los demás lograron agarrar, literalmente, al papá. Y nos tuvimos que llevar, cada quien su colchón, sus güevos, y su morbo, metido en la garganta.

El Yonki, dejó de ladrar. Me fui a echar unos alcoholes con la banda. Después, no supe si en la vida real o en el sueño, me puse a gritar: ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos! ¡Cuuleeeeerooos!
Pe-dí-si-mo.
Y POR SI JUERA POCO, EL INSOMNIO
Bola grande de nervio contra nervio
Mano floja de dolor contra el cansancio
Alarido somático de esta descomposición de la última baba de mi ego.
¡¡Jejeleja, qué pendeja --muelas abiertas!!
Niño jodón que me toca con pluma de gallo las orejas,
chingaa, no me deja dormir, chingaa.
Y tos,
y flemas,
y guácala de perro camburcí: sí, sí, sí.
Niágara de moco en la garganta.
Rebelión de lo adentro del oído: pus moderna. [Una voz --de atrás-- me habla; yo ya no la escucho, más que con el lado izquierdo]
Charros, mano...y venas
venitas, varúnculos...
Piernas como guiaroji,
más bien, como mapa de carreteras.
--¿Y las uñas?--negras
para que combinen con las medias.
--¿En el dedo?-- un rubí,
pero en el del pie ¿¡eh!?

13 de junio de 2003

Nos preguntamos qué hemos venido a hacer aquí, qué lágrima guardábamos para verter aquí, y por qué, si no las lloramos en su tiempo propio, quizá por haber sido entonces menos el dolor que la sorpresa, sólo después vino el dolor, sordo, como si todo el cuerpo fuese un único músculo pateado por dentro, sin mancha negra que mostrase el lugar del luto.
El año de la muerte de Ricardo Reis; José Saramago.
NOVO PÍREZ. SIGUIENTE ENTREGA.

Comencé diciendo que se despertaría el 13 de junio alarmado por estar solo en el edificio. No estaba más que recreando el sentimiento del abreojos instantáneo después de haber larga nochemente dormido y en profundidad, cuando un trinar de pájaros ajenos, la escoba restregando la banqueta, el tupido tránsito y distinto, o solo una pared blanca aparecen ante tus ojos y tus oídos para decirte, tú no estás aquí, aquí se fue, estás en otra cama, no es la tuya.
La sensación dura unos segundos, porque la bondadosa memoria viene a recordarte en casa de quién dormiste. Estoy segura de que eso sólo ocurre cuando de veras te duermes en casa de veras distinta, de veras. Porque ese instante de incertidumbre incluye no reconocer paredes, olores, ruidos matinales. Claro, cuando amaneces crudo, la cosa es distinta. Pero estaba yo queriendo despertar a Novo el 13 de junio, alarmado por estar solo en el edificio. Pero no era eso. Se despertó y tuvo la tímida incerteza de estar, ahí, despierto, y completo. Se le figuraba que había dormido con la anfitriona de la fiesta, pero de seguridad: nones. Avanzó semidesnudo a tientas, ojos abiertos a medias tintas, hacia el baño: nones. Entró a todos los cuartos, la cocina, el refrigerador, la alacena: no había nada ni nadie. Pero en serio que nada. Nada, ni una lata de sardinas ni un frasco de medicinas caducas, ni un calcetín por ahí tirado. Ni rastro de la princesa. ¡Qué raro! Pero no se ve que se haya hecho la limpieza, y de todos modos no quedan rastros de lo de anoche. ¡Abárbaro! ¡Estuvo buenísimo!
Pero no me gustaba tanta desolación. Ahora que lo pienso me emputo con el ser extraño que lo trajo, lo fiestó, lo traqueteó, lo restregó, se lo comió, y cuando el hombre hurgó en las cavernosas tripas de la ballena, descubrió que ya estaba totalmente afuera. No hay huellas de compañeros con la misma suerte, y ni siquiera hay jugos gástricos para desayunar. El tipo fue hecho mierda, cagado, pues.
Entonces, aquél sentimiento del principio fue lo más placentero del asunto, duró dos segundos, pero fue la repetición de un estado del cuerpo y la conciencia, conocidos, reconocidos, pero no rituales. Y esos momentos, yo no sé otros, pero para mí, son de lo más placentero.
Pero todo lo que siguió al caminar semidesnudo fue nomás una comprobación: tanta blancura, tanto vacío, era nomás que el disfraz del escusado en que lo habían echado. Y él nunca oyó el chuclún de su persona caer en el abismo. Aunque quizá el abismo no es un ‘lugar’ en que ‘se cae’; en este caso, las indicaciones gestuales y las guturalizaciones, los eructos y los pedos escapados, eran señal clara de una cosa: en el abismo se está, es un estado del ánimo. La mierda que uno siente que es, ¿uno la es o uno se la embarra o alguien lo pone a uno en el mojón?
A él lo cagaron. En todo el pinche lugar blanco, blanco, sólo había agua en el piso, como queriéndose inundar la casa ¡eh? No estaba su ropa, ni sus zapatos, ni su reloj, ni su cartera, ni su mochila, ni sus cuadernos, ni su discman, ni su celular, ni las llaves de su taxi, ni su agenda, ni el dinero, ni el peine, ni una nota.
Novo después de darse cuenta que era mierda se cagó de la risa. Soy un pendejo, sigo soñando. Se fue a meter a la cama de nuevo, que ya no tenía sábanas. Le costó un chingo de trabajo dormirse; muévese pa’cá, pa’llá, de lado, bocabajo, bocarriba, la almohada entre las piernas, el brazo me estorba, el pelo me pica, pinche solazo, qué calor, jijos, aaaahhh, mjrrr, mjrrrr, mrrrr, rrrrr. Hasta que por fin se durmió.
Yo estaba creyendo que Novo había soñado lo del desierto, lo que siempre nos contamos que lo soñamos idéntico, y repetido. Que estamos, cada quien en su sueño, cada quien solito, solitario; que estamos bocabajo en el agua; nuestra cabeza desde adentro mira el agua, es como un mar, o como la alberca de la de Azul, de Kievslowski, así, límpida, ligera, transparente. No necesitábamos respirar en el agua, ni nos dolían los ojos, por la sal o por el cloro, entonces veíamos hacia abajo, hacia el fondo, y era una sensación de calma infinita, pero de repente había que respirar: sacar la cabeza.
En esto coincidimos Novo y yo: flotamos o algo nos carga desde arriba, pero nuestro cuerpo no pesa. Cuando tratamos de sacar la cabeza, está ya en régimen la ley de la gravedad universal, y el cuerpo pesa, pero igual se queda la sensación de estar flotando. Yo saco la cabeza, como ahogándome, y Novo también, y resulta que lo único que podemos ver a 180º. grados es un desierto de piel hermosa [palabras de Novo], con rastros de flores. Yo nunca he ido, pero imagino que es como el Desierto Florido, en Chile, cuando no ha floreado. Pero justo en el lugar que ocupamos nosotros, todo es pantanal o lodazal. Estamos bocabajo, cabeza incorporada, brazos y manos en posición de lagartijas, sintiendo todo el peso de una incierta soledad, solitud, solitariedad, solez; todo ahí mismo. Y no podemos salir de ahí. La sensación dura un rato, pero no es fea; incluso, la imagen es mucho más bella que la calma del agua y sus profundidades y allá abajo. Ahí me despierto yo, ahí se despierta Novo. Ambos nos tocamos, nos besamos, nos contamos el sueño, y es idéntico. Pero él está muy lejos mío, y yo muy lejos suyo, y nuestro tocarnos y besamos se diluyen en las cartas, y sólo permanece en el tacto, la memoria y el olfato, ese desierto de piel hermosa.
Pero no, Novo no soñó eso. Soñó que lo descubrían; que alguien seguía las pistas para dar con su secreto. Y sufre mucho por eso. Es que el pobre no puede evitar el vicio; casi todos los días, al caer la noche, sea horario de invierno, de verano o disfrazado, sale a hacer lo mismo. Y nadie lo sabe. Pero es un vicio. Bueno, yo lo sé por que entre Novo y yo no se han dibujado más fronteras que la de la distancia y el tiempo, nada más. Y, por supuesto, no soy yo quien piensa que eso sea un vicio. Pero él insiste, dale que dale con que lo quiere dejar, y no puede. A mí me parece que está bien. Y me gustaría que me llevara un día para ver cómo lo hace, pero él siente que lo descubrirían. No lo sé. Etsageraaaas, le digo. Y me dice: nooo. Y le digo: síííí. Etsageras.
Cuando aquella persona estaba a punto de descubrirlo, vestida con su gabardina negra, y su pelo rosa, el sueño se adensa; todo es menos nítido, más baboso. Siente como que abraza una masa amorfa de carne de res o plastilina con saliva, y no puede evitarlo, porque siente mucho frío en la espalda y sólo de ahí sale calor, no hay sol. Entonces, con su cuerpo, con sus manos, con su sexo, comienza a moverse para darle forma a la masa; menea las caderas, aprieta con los dedos, la verga se le para, y penetra, y entra; ya entrado, entra en besos, y besa, y lo besan. Despierta. Ora sí se despierta, y la mujer que está a su lado, es la anfitriona de la fiesta.

13 de junio; llueve afuera.

10 de junio de 2003

PLAYERA 1

Sobre las ostras de esta playa descansa la tristeza de un huevo de tortuga, cuyo nacimiento no ha podido abalandarme la piel.
Se recogen poco los dedos de los pies; parece, por el ruido que hacen, que los musgos de la carretera esperan violencia.
Andan desandados los días; en el letargo de las tardes se postran y les da miedo partir; no sea que vengan los niños corriendo --otra vez-- a despositar sus gritos y sus ignorancias en medio de las horas, en las que a los vecinos les tocar partir para siempre, en medio de los llantos y las faldas raídas de tanto no querer irse, de tanto apretar contra la madre.
A mí me recoge un pescador asombrado (asombrerado); no sabe por qué ni por dónde, pero me coge y me recoge.
La avalancha de arenas y aires nos aclimata; pareciera que viene el heraldo de las noches; trae indormación precisa sobre muertos, ahogados y damnificados del entorno.
La lluvia pega un grito de miedo y se cierne sobre nosotros para empobrecernos y arrebatarle a la superficie de los guiños la ternura impostada; viene en afán de guerra.
Anuncia la radio el porvenir; quiere que venga, por eso repliega la contundencia de los necios; abisma, apuntala, corroe con sus sonidos de infierno marino, de ventisca cargando algas putrefactas.
El sol se ha metido en la concha de un cangrejo para acompañarlo en el terror.
Huele a peces muertos.
Las naves se estrellan contra las olas; proas y popas carcajean sus estruendos para amedrentarnos.
El pescador cobija sus retazos con mis venas que están ya abiertas. Encajo su boca en mi talud; las regiones abisales urgen a la piel, ala saliva, al latir ya tenue del corazón.
A la arena se la está tragando la tierra.
Sólo quedan salvos, los tunantes, tozudos, eternos caminantes de la nimiedad: sólo quedan salvos los ruedacacas.



EL ATRIL EN EL FUNICULAR
Volumen 1, Número 1 1999


Animala de mí la ausencia de mordidas espaldares.

En cuatro patas maquilo coágulos de espera,
encarecidamente...

Agarra la insana distancia devoción por la gárgara
y desgarra la garganta
con su cúmulo de ansiedades
fricativas y labiodentales.

La pregunta serpentea desde el eco faríngeo;
contiende la pregunta en guerra sin cuartel.

¡Invento rápido el destrampar de un grito!

Arrastro mi plumaje hacia la sombra
para desatascarme.

(Sosiego en el ataque;
asombro que chorrea
de la plumífera humedad.)

Aquí respondo a gatas
a su claustro-estancia
a su nebulosa-endeble-verde-ahí.
Aquí me arranco el aguijón de pleamares
y
por puro hedónico desafío
me lo meto en el cuello ahí.

Limo las pezuñas que cariñosamente encajo
en su armario omoplático
--antes
me destierra de la espina
el pavor homoplatónico--
dorsal, lumbar;dorsal, lumbar.

Catarineo tras catarineo
recomienda el tratamiento epitelial:
(i) sondeos cutáneos;
(ii) perseverancia dérmica;
(iii) rebusque en el bosque velludo bosquejado de vos
quejosamente
que llevas bellamente ya

mi ENTERO ESQUELETO EMPAPELADO.

Estancias en el estanque/mudo de pez a molusco/
trastorno de escamas celofánicas a sueño marítimo
sobre la proa apestosa
de un navío pesquero
--de un puerto mercante--
recostando mi cola
para broncearla.

Rojosa la telaraña, la ansiedad que lo telaruña,
la tela que lo araña, la araña que telo teje en nudos,
en el animal que me transmuto.

Abeja de mal agüero sea, tal vez. Pero,
pataleta de hielo es la necedad de pingüinos
porque
parque nacional
pataleta,
paleta, lengua --labios adormecidos--
Y LA NECESIDAD DE QUE TU HOCICO ENTRE AL MíO.
O que mi hocico pasee en tu pelambre, matinal.
O madruguete.

Bajar callejón caminar nochemente metro violar candado torniquete y vía despierto tu cuerpo de la jaula que se encierra en tí; gruño el vapor arremolinando sudor.
Bajo en exclusiva. Privilegio. Bajo a inaudita especie.
Bebedero de extinto ejemplar,
último líquido.
Posiciono ubres para abrevadero
de la especie cronotropical.

Nido de hormonas/acueducto de tus leches maternas.

Dentrifico tu sexo
y lo acanalo
para pronunciar
en medio de su caudal
el amor gritado que --de no reventar tímpanos--
hubiera ahogado. De menos, desahuciado.

En su ración de carne amorfa
este insomnio contempla arrodillado la pesadilla de Venus:
--pulsión perpetua de plenitud--
irreverencia sedienta del jugo de tus dientes
--conato de mí--.

Animal lampiño..., informan, se vuelca en delirios cuando llena la luna; dicen: ansía contener y descontener sus bengalas, verterlas sobre la tuya sábana.

De seguir así
bestiará de mi la ausencia de tus mordidas prendidas a mi espalda.




EL ATRIL EN EL FUNICULAR
Volumen 1, Número 2


Averiguo un nombre. He preguntado ya en todas esas esquinas.

Indulgente he sido lo suficiente con su sapiencia
color de hormiga,
con su disimulo parsimonioso.
O no me quieren hacer pertenecer al gremio
o me quieren echar del lado de los vivos
y yo no quiero.
Averiguo una posibilidad de sombra
caminando por control remoto
con sus pajes y sus doncellitas
y todo.

Busco en el directorio de los días el turno para mis piernas. Todo está blanco. No hay espacio de tan vacío que está el terreno de los asfaltos.

¿No tiene ahí una liniecita para rellenar? ¿Un musguito qué poner? ¿Necesita mi piel con apellidos?
¡¿Cómo que credencial?!
Mi última vigencia pernoctó en un hotel perdido en la frontera. Le ofrezco este rastro,
este valiente
contubernio con la sábana.

Camino por esta huequez de los ladrillos.
Sigo buscando a la bestia de los miedos.
No he podido con la batalla esa que me recetó el doctor.

Ahora indago si su piedra no era más bien un nudo de preguntas infantes sin respuesta ni tutor ni nada.

Que las piedras tampoco hablan. No de madrugada.
Mudas las necias
progenitoras de este golpe a medias violento
en la tibieza de la sien.
No recuerdo nada. A partir de ahora todo es un chorro de cristal por expandir las ansias.

A partir de la campanada
canto mi cansado graznido
y compito con el ruido de la ignorancia vencida.

Averío este esqueleto en blanco y negro y rompo y batiendo batiendo
deshago los últimos nudos
quito las enredaderas verdes.
De cualquier forma me sentará el color de la tarde, aunque esté fría:
ya dijo un sabio que el amarillo es el color de los enamorados.
Y no era sabio, pero amarillo.

¿Asunto? Nada, señorita, que venía yo a preguntarle si tiene alguna molestia extrema con el hecho de que yo me meta sin permiso de vez en cuando en su cama, la que habita pues, la que le tirita de insomnio y purga de frío al amante…
y no obtuve respuesta.

Nadie quiere darme una certeza,
mínima, certera;
desterrarme de este papel sin dimensión ni fondo, sin frontera.
A partir de ahora, la hora
desatinaré en todos los intersticios racionales.
No habrá más juicio, preguntas, inquisiciones.
Se quedarán en la piel
y la sangre
el color de tu miedo y tu nombre.
La noche será la única cómplice.
MUJERES DE NOTA ROJA
Habemos unas cuantas que llegamos para quedarnos. Largo es el camino que le damos a la palabra. Más lejano, más contundente el que habituamos a caminar con las palmas. En la palma de la mano va el espacio, el tiempo, la profundidad del mar con su obscuresencias y las algas marinas jugando a hacer cosquillas. Las cuartas partes de nosotras son esponjas amarillas que guardan para sí toda el agua que se nos vierte dentro. La primigenia nota musical que nos agota es el aullido/jadeo/respiración de un amante recostado sobre nosotras. Nos cabe una plantación de algodón en la matriz, una serie impar de rizos dorados, un ventanal sin cortinas y sin delotroladodelmundos. Cuando la lengua de un hombre se posa sobre uno de nuestros pezones recortamos con tijeras las amarras del mundo. Sacamos con cubetas todas las congestiones blanquecinas de los volcanes submarinos. Ahí hacemos grietas que se asemejan a nuestras vaginas. Posamos en las fotos para que las focas y los pingüinos de Futurungo tengan flores y catarinas que adornar en Navidad. Comemos poco el día del amor para languidecer más fácil sobre los brazos de los ogros montañeses o los príncipes ermitaños. No damos concesiones. Si nos enamoramos le damos la espalda a la cordura. Tenemos la ventaja de venir de una casa en la que no se exige hora de llegada ni tarjetón de virginidad. Somos vírgenes como Enriqueta, vírgenes terrestres. Aquí nos coloca el hado, en lo café del planeta. Aquí derramamos la sangre que baña los manantiales de noche, cuando nadie los ve. Distribuimos el amor en sobres de colores y lo mandamos por correo a visitar otros continentes. A veces somos quienes la hacemos de carteras y mensajeras. No somos palomas, ni pichones, ni aves de rapiña. En todo caso nos gusta ponernos alas para hacer el amor sobre alfombras de tela o de pasto para en el aire dibujar sombras abrazadas de la luna. En nuestra axila escondemos abrazos que soltamos al primer zarpazo. Llevamos vida de putas para convertirnos en ángeles, o viceversa, da igual. Masticamos uvas, hierbabuena, bugambilias y vomitamos cuentas de collares sobre la espalda o el pecho de otras mujeres o de hombres/abraz(s)adores. Algunas veces sentimos la muerte y creemos ver la luz que los que dicen que la vieron, vieron (o no). A veces silencio o ausencias ajenas nos contagian y nosotras mismas nos convertimos en silencio y en ausencia. Nos quieren cobrar ciertas cuentas y nos retorcemos y cerramos los ojos: no nos atrevemos, por compasión, o por miedo, a decirles que ya no los queremos. Cargamos con una oveja en el brazo cuando caminamos hacia el territorio nuestro, único, sectario, exclusivamente femenino. Ahí descansamos del amor o más nos buscamos. Salimos corriendo para subirnos a los árboles a buscar nombres. Tejemos combinaciones. Hay una urdimbre mundial de productoras libres asociadas en cooperativa. LLevamos mal las cuentas porque a veces una voz nos dispersa, nos desatiende y regresa. Les ponemos ruedas a los carruajes para que se vayan las que quieran ser Medeas. Acorralamos a nuestros padres en un amor elektrizado que no tiene vigencia, frontera ni escapatoria. Sobre un espejo ponemos la cara de nuestros amantes y más allá de su amarrres, sus lunares, barbas o posturas corporales buscamos en sus ojos el reflejo de los petirojos. Si habita en ellos la belleza nos apoderamos de ellos y los amamantamos. Buscamos más de uno porque nos sobra espacio, tiempo y risas. Nos gusta bailar con ritmos distintos en diversos complejos copulares. No coleccionamos nada. Si no hiciera frío buscaríamos portar menos vestidos o hacerlos de migas de pan o tapizarnos de arena o enredarnos en manto de cielo. Más fácil nos disponemos a la vida; la muerte es un mal que apetecemos hipócritamente porque cuando nos vemos en la necesidad recurrimos a ella, pero siempre que ésta obstaculiza un beso, un abrazo, un entrar de ellos en nosotras, no le damos la cara sino la espalda. Nos acobarda lo ya, lo así, lo deningunamanera, lo yanimodo, lo esqueyo, lo déjamepensar. La nonegésima parte de nuestras células vive de danza compartida. Habemos unas que nos vamos, pero nos quedamos.

A. Andares. 30 de abril de 1999.


CONCIERTO DE LLUVIA PARA TRES ALIENTOS.
1er. Movimiento


Apresurada, con su caparazón a cuestas. En cada esquina se detiene concienzudamente a pensar lo que ha significado el último trayecto. Se tropieza con una cubeta de no estacionarse. Demasiado pensar, piensa ella. La lluvia le enjuaga las tristezas. Ni se culpa ni se perdona.



Alguien la ha abandonado alguna vez; la tarde la dejó botada en el último coño de la ciudad; su madre rompió un día la ventana con los codos; se arrastró hacia su monstruo una noche de dominó y aceite de los mil demonios; un amor platónico le acarició la espalda y luego se fue a vivir a otro planeta; se curó una cruda entre los pantanos de Chimalhuacán –arrancando del lodazal un volkswagen–; se cayó en una fuente, y luego no vivió sin ella, y emergió de ella, y la nombró la fuente de cada día.

Entonces pasa un auto a toda velocidad junto a ella y la encharca de agua sucia. Ella, desconcertada se tropieza; se queda un rato en el suelo a confundirse con el asfalto. Desde ahí ella se amiga de las piedras. Desde ahí ella conoce un cielo y un suelo humedecidos. El tiempo se detiene a contemplarla. Detenida es una estatua derribada.

La noche se llena de luna. Tea se frota las entrañas, y sale de la tina. Deja correr el agua del grifo mientras se mira la cara. Ojos hundidos, ojeras obscuras, pupilas de fuego. Recoge su pelo, se moja los labios, cierra los párpados. Bebe del chorro y le trenza la lengua. Abre los labios, los cierra, los abre; mete la lengua, la endurece, la suelta. El chorro le chupa las comisuras, le lame los dientes, le aprieta los labios, le muerde la lengua. Un poco de sangre se esparce en las paredes del lavabo. Ella abre los ojos, cierra la boca. El beso ha terminado. La humedad le ablanda el caparazón. Alguien la ha abandonado alguna vez. La noche se llena de Tea.




3 de junio de 2003

ENCUENTRO PRIMERO EN UN BAÑO NO SE SABE SI DAMAS O CABALLEROS

Lichfrida Carles entra a un baño. No está claro si es el de hombres o el de mujeres. Claro, dice, si hay mingitorios es que es de hombres; pero es raro, no huele a orines, los baños de hombres apestan a orines. Esta vacío, así que no importa, la urgencia es mucha. Todo metálico está sorprendentemente pulcro. Se va a sentar a mear en el escusado, pero le saca, y se acomoda de aguilita. Hace dos años que no va a la ginecóloga y está sacada de onda con la sangre obscura que le sale de vez en cuando. Seguro es infección, aunque quién sabe. Por si las flais hay que evitar contactos directos con el mundo del sanitario ajeno. Hace pipí; observa sus piernas, sus calcetines; sigue haciendo pipí; comienza a leer el graffiti de las paredes y las puertas. Le jala, pone la tapa, se le olvida toda la cosa de la higiene, aunque sí se sube los pantalones, se sienta, saca papel y lápiz y transcribe en su cuaderno de notas:

Un día como hoy se me cae el sistema
Y se va a la mierda todo el amor que te he dado
A las 10 tengo una cita en Villalongín y Río Yang-Tszé para ser atropellada o atropellado
Pero llego tarde
Como siempre
Y el conductor se va
Cansado de esperarme
Como tengo tiempo de sobra entro a una peluquería color pistache
Me cobran quince pesos y, por supuesto, estoy para llorar
De risa
A las 12 me siento en un decadente café
De chinos
Ahí por La Tabacalera
Donde siempre pido un lechero y unos huevos fritos
Donde siempre sabe a huevos el vaso de café
Donde siempre los fritos están medio crudos medio quemados
Como que me entra la enjundia a la una y media
Y camino
Por los Insurgentes
Desarmando mi rompecabezas
Para dejar en cada esquina una pieza
O sea, no tengo ninguna cosa mejor qué hacer
Pero ¡qué enjundia! Llego a Félix Cuevas
Se baja un demonio envidioso de algún camión
Y justo en una esquina que no sé cuál es
Se me mete a mí, con él se me encaja en la sien un proyecto de venganza
Toooooodo Eje 7 con los capullos de ideas a cuestas
¿y si manejara un taxi?
¿o un carro de paletas?
Que me pusiera a trabajar como dice mi abuela.
Comienza a darme un encabronado retortijón estomacal
Apresuro el paso
Aprieto los tennis
El culo
Los dientes
Me meto en chinga en un VIPS
Y dejo ahí una caca very important people
Como de 3 kilos
De olor
Y pus, claro, que el gerente como que me vio entrar y me entra un pudor puteque
Y a las dos de la tarde me siento a gastarme todo el dinero que me queda
Me como unos molletes con chorizo
Un vaso de agua con hielos por favor
Hasta dejo propina y doy las gracias a todo el mundo
Siempre las ando dando
Ya afuera del metro Zapata estoy sentada o sentado
Pensando qué debo hacer
Demasiado filosófica mi pregunta me voy hasta la cineteca
A ver qué hay para ver
Pero después de 18 minutos en la taquilla me acuerdo que me quedé sin clavo
Taloneo
Taloneando me encuentro al Sonrics que tampoco trae quinto
Pero bien informado que está siempre
Me dice que hay un festival de cine joven puertorriqueño –gratis—
En una salita escondida que nunca había visto
Entramos a vel algo así como “Nueva Yol-Palte III”
Una cosa chistosona
Como dominguerona, coyoacanona
Pero hay vino de honor también gratis
Cotorreamos
Le cuento que se me cayó el sistema
Y que ya te extraño un chingamadral
No se me agüite me dice
No sé en qué momento, pero termina leyéndome mi horóscopo maya
Que estoy en una fase de desfase, entendí
Se rompe la taza
Y él se va para su casa,
Pero yo me encuentro al tal Monge,
Ese que conocimos un día en el encuentro de trovadores
Ese que nos empedó a todos en su casa
Nosotros bien seditas
Que nos agarró las tetas a todos
O eso terminé diciendo después porque nomás me las agarró a mí
Después de meterme un par de dedos en la boca
guácala
Y que salimos asqueados, carcajeándonos de la risa y el espanto
Pues que el Monge me invita a ver “Kids”
Yo ya la ví
Pero se me antoja echarme un sueñito en la butaca
Pero se me va, se me va
Me la chuto toda mientras un flashback morboso me pone cachondo
Me tiraría con cualquiera
Tengo ganas de tirarme con alguien
De una chaqueta
Chale el pinche Monge si está refederico monje medieval hocicón con mal olor
Consigo boleto de metro para volver al hogar
Llueve
Llueve
Llueve
Las gotitas de la lluvia suenan al caer
Cómo llueve
Me empapo y llego a la casa empapado o empapada
Sin llaves
Chingao
Ora qué hago me tomo un taxi a casa de mi abuela
Mi abuela
Toalla
Piyama
Té de manzanilla pan con mantequilla
Mi abuela me increpa
¿y esas ojeras?
¿no quieres vitaminas?
Me arropa en la cama
Todavía duramos platicando dos o tres horas
Hasta que la ataca en serio Morfeo
Mi abuela se va
No tengo remedio busco entre las sábanas
Encuentro el enchufe
Sigue lloviendo
Jalo el cable
Al que madruga Dios lo chupa


Lichfrida cree que tiene un tesoro en el cuaderno, y lo guarda en su mochila. Se lava las manos sonrientemente, mientras cruza mirada con una mujer que se busca algo en el cuello frente al espejo. Lichfrida busca también. Tea la deja. Lo tienes aquí, mira. ¿Es un chupetón?
Tea Moreno se acerca más al espejo, y lo mira ansiosamente, extrañada. Sí, eso parece. Pero no tengo idea de cómo llegó ahí, y me duele. Lichfrida recoge su mochila y pone las manos bajo el secador eléctrico; debió ser un vampiro sigiloso. Tea casi construye una sonrisa para devolverle por el espejo, pero los ojos de pronto casi se le salen de la sorpresa. Observa en el cuello de Lichfrida una mancha parecida a un chupetón. No alcanza ya a articular palabra. Se encoge de hombros. Le entran ganas de mear, y escoge un meadero. Se sienta, abre más y más los ojos de vaca; saca una pluma y transcribe Un día como hoy se me cae el sistema Y se va a la mierda todo el amor que te he dado...

2 de junio de 2003

Rascaje completo a espaldas llenas. Eso pide nomás Lichfrida Carles. Nadie responde. No hay prisa. Paga el trigésimo cuarto aviso. Sale de la oficina de anuncios del periódico mordiéndose las uñas.
Andanzas lúdicas impúdicas siniestras
tropezón merecido bienvenido resentido
mareo implícito idílico exquisito
paciencia antigua de banqueta
horadada almal repujante resquebrante
salida vuelo zarpaje póstumo
último adiós a los balcones.
Tea Moreno parte esta tarde noche
a rincón cavernoso
donde no hay nadie
ni ella.

30 de mayo de 2003

Una siesta mató a su gato. Posaban para el lente diurno invariablemente de 4 a 6 de la tarde, en el cheslón del comedor. Una larga fila de puntos amarillos hacían el rayo que calentaba el sueño. Novo miraba de reojo al gato, y el gato a Novo. Para saber que seguía ahí, con su timidez escondida tras los párpados, pero ahí, todavía. Hasta que escampara la tarde. El trato implícito era no moverse; a ninguno le gustaban las caricias del animal de a lado. Pero un día Novo llegó pedo, y paso la tarde con una cruda tan cruel, que se olvidó de sí mismo, y de su compañero taciturno y peludo. Se recostó sobre él hasta asfixiarlo. El gato inmóvil todavía estaba caliente y tierno, cuando Novo vomitó bocabajo, despertó, y encontró el saldo de su gracia.
A Lichfrida Carles se le agrieta el rostro cuando piensa. La palabra futuro le hace cosquillas en la garganta y la sien, pero conforme se extienden sus vocales la cosquilla va recorriendo con zapatos de metal de la nuca a la cabeza, hasta que un ruido de fábrica se instala en la bodega de sus ilusiones. Lichfrida aprieta los labios para contener el dolor, pero un músculo del cachete se le atora con las muelas, y sangra.
La palabra futuro corta, corta hasta detenerle el aliento. Entonces Lichfrida cambia de palabra; escoge infancia, para acolchonar. Y de esa palabra emerge el eco de los gritos, las risotadas, los cuchicheos colegiales, el llanto en la estación de camiones, trinos de aves en la playa, Yuri cantando pasa ligera la maldita primavera en la radio en medio de un fuerte olor a cloro y pino. El olor nubla la vista desde dentro. Y Lichfrida cae de rodillas a la cama, intentando con bocanadas de aire tomar un libro que le brinde guarida. Acerca uno cercano, y querido, Obras completas de César Vallejo.
Las yemas de los dedos pasan las hojas, y salta trilce a cobijarle el espanto. Lichfrida permite que su dolor avance a tientas sobre la cama, y después se interna el mar. Esa noche un ostión en su concha es capturado por los pescadores de algún puerto escondido en las costas de Petatlán.

28 de mayo de 2003

Tea Moreno no siente ninguna vergüenza para posar voluntariamente desnuda en medio de la Plaza de Santo Domingo; a ver si algún fotógrafo que la retrate, un artista que la pinte, un impresor que digite sus huellas dactilares en una piel ajena. Una impresión que la transmute y la convierta en estatua de piedra virreinal o en papel de invitaciones. Un tacto mágico que la convierta en vestigio del asombro.
Los transeúntes la miran, y los vendedores le chiflan. Unos chiquillos de 3 a 8 años acercan su sorpresa a carcajadas, y con sus dientes la convierte en mazorca alada.
Tea moreno se desprende de su cuerpo y vuela sobre el primer cuadro de la ciudad.
Una lluvia de elotitos se anuncia en el periódico vespertino, y las aves grises y los mendigos de las plazas desayunan sin tener que salir ese día a estirar el pico o la pata.
Después de unos días, todos olvidan el suceso. En esta ciudad, desde adentro, y en el fondo, puede suceder cualquier cosa.

27 de mayo de 2003

Novo Pírez en la ciudad.
Novo Pírez salpica cuando habla. No dice mucho, pero se emociona harto si puede dar su opinión. El parabrisas de su taxi tiene ya una capa de gotas blancuzcas, producto de sus conversaciones ruleteras. Se detiene ante un semáforo cuya luz es intensa. Pero azul. Novo no sabe qué hacer, ¿seguir?, ¿dejar pasar?, ¿detenerse?, ¿hasta cuándo? ¿Será una nueva señal urbana? Novo tiene el auto encendido, pero duda. Pasajero a bordo, y con prisa, lo hubiera presionado para tomar una decisión. Pero está solo. Y lo peor es que no fuma, y no hay alguien a la mano para preguntar. No hay carros a la redonda. Todo esto comienza a rascarle donde pica. Toda la vida le enseñaron cómo moverse; si verde, sigue; si rojo, para; si amarillo, calcula. ¿Azul? Novo Pírez encoge los hombros. Apaga el auto, y lo abandona, en medio de aquel nocturno desierto asfáltico.
Lichfrida Carles en el parque.

Lichfrida Carles está comiéndose un helado de kiwi sentada en la banca de un parque. Inventa conflictos diurnos que le masturban la ansiedad. Después de cada venida se derrite una gota que cae al suelo como chaparrón de hormigas. Su cuerpo ni se inmuta. El día recorre un viaje largo en soles con las maletas repletas de rayos que le queman las manos. Lichfrida recorre con la punta de la lengua la bola chiclosona de hielo verdiamarillo. Después de sondear los resultados de preguntas complicadas y respuestas posibles sobre su vida ordinaria y aburrida, decide que mejor indagará de otra manera, de otro sazón. Se levanta con parsimonia para acercarse al don del carrito de paletas. Le compra una de grosella, como para no errar. Regresa a la misma banca, y reinicia el juego metafísico. Mira fijamente los ojos de la paleta. La increpa, pues el nuevo sabor le ha dado fuerza y confianza para amarrar navajas: ¿Y qué si todas estas preguntas las confeccionas tú detrás de mi espalda? ¿Tú, la que requiere de respuestas?
Mordisquea retante. Pero la paleta completa se le cae al suelo.
Tea Moreno se siente verde.

Tea Moreno se siente verde. Su boca está seca, y su respiración es difícil. El pulso es indeciso. Pero no tiene mucho tiempo para detenerse a reparar en la causa o cura de estos síntomas. Trae bajo el brazo un fólder con documentos para firma.
Camina por la calle de Argentina esquivando las cuerdas que sostienen mantones de plástico barato; rojos, verdes, azules, de repente un amarillo o naranja. Mismo material con que hacen los impermeables que venden en los partidos de los pumas o en las marchas antibélicas o estudiantiles. Debajo de ese techo informe y multicolor habitan seres oscuros con la mirada puesta cada quien en distinto pedazo de lo visible. Un libro, una olla con arroz, un garrafón que vierte su líquido, un bebé que se amamanta intranquilamente, un vendedor de pulseras, un loco de barbas sin casa que revienta botellas en el piso, justo en un sitio donde cuelga un letrero que dice “respete la imagen de la calle. no tire basura”. Un ciclista que comienza el recorrido en contrasentido de Tea le susurra con maliciosa valentía, reiiiiina. Tea vuelve a sentirse verde y temblorosa. Y deja la observación para apresurar el paso, pero aguza el oído. Suena, desde la esquina del Carmen, una tambora pirateada, una tambora tecnopunchis que parece dirigir los movimientos de aquel cruce de caminos. A su ritmo se levantan los puestos, se cierran bolsas, se cargan cajas, se conducen carritos con mercancías chinas, se venden aguas de sabor refrigerado, se barre y se tira basura, independientemente de lo que digan los cientos de letreros pintados a mano que hay por todos lados. Todos están concentrados, pero todos gritan cuando se hablan, todos se chiflan cuando se tocan, todos se escupen de espaldas. Un bicitaxi roza intempestivamente la espalda de Tea, va por a’i, va por aí. Tea reverdece.
El recorrido termina donde comienza la puerta. Un policía guarece un centro cultural que casi nadie visita, pero en el que trabaja mucha gente. Entran y salen como si adentro se repartieran papeles importantes para la vida. El lugar tiene un aspecto de casi hermoso, pero huele como si sus muros le dolieran de ausencias. El edificio está a punto de llorar, pero las piedras hoscas se lo impiden. El edificio es un niño encabronado, enamorado, abandonado. Viste un traje de fiesta desde hace sesenta o setenta años que trae a colación la imagen de una gala congelada, cuyos comensales se hicieron de seda. La respiración de Tea se detiene frente a aquella monumental tristeza. El policía está destraido, y ella –que prefiere no dejar registro de su paso esa tarde por ahí—se escabulle sin que nadie observe su presencia. Sube aceleradamente las escaleras, de dos en dos escalones para hacer más ejercicio, como si lo requiriera, como siempre. Abre con las dos manos una puerta de madera inmensa, cuadriculada con mil puertecitas, una puerta de madera buena y vieja, que deja su vaho en el abrirse y cerrarse. Tea atraviesa un umbral. Todo el ruido se va. Todos los olores se escapan. Entra a una oficina recién abandonada. Las computadoras están prendidas, las puertas de los cubículos abiertas, alguna de ellas oscila todavía, los foquitos de las máquinas eléctricas todavía tintinean, una cafetera escupe las últimas gotas sobre una taza que se desborda, se oye el eco del último jalón del escusado, las ventanas se azotan, y un teléfono suena insistentemente. Tea espera, no da ni un paso. Espera a que algo o alguien regrese. Y nada ni nadie regresan. Tea Moreno puede darse cuenta que todo tiene un tono sepia, que todo está fuera de foco. Pero no se mueve. Su respiración se agita, una súbita taquicardia le muerde el corazón. Trastabillean sus huesos y dientes. El sudor le recorre el cabello y le chorrea las manos. El escalofrío le deshilacha los calcetines. La madera del suelo cruje, y ella sigue sin dar un solo paso. El fólder con los papeles a firma que lleva en las manos se le resbala y cuando cae se oye un estrepitoso quebrar de ventanales. Sus ojos se cierran, y se desvanece. Pero otro cuerpo la retiene, la carga y la lleva a una silla. Le da de beber un poco de agua, y la mira fijamente. ¿Qué desea?, le pregunta. Venía a que me firmaran estos papeles, son urgentes. No te preocupes, orita yo te los recibo. Déjame encontrar el sello de recibido, a ver, por aquí está, ajá, y son las siete y media, okei, listo. Aquí está tu acuse de recibido, y la firma facsimilar del director. Tea está mareada...y escucha a medias lo que le dicen. Toma su fólder y recupera las fuerzas para levantarse y llegar hasta la puerta. Un suspiro de árboles fríos acompaña su andar hasta la pesada puerta. Se detiene antes de abrirla. Está dispuesta a salir, pero decide mirar para atrás, en la silla de la recepción no hay nadie, y todas las luces están apagadas. Iluminan el piso los últimos rayos solares, y la sombra de un cuerpo ajeno desaparece. Entonces Tea se siente verde, se le parten los labios y la lengua. Se le atraviesa el aire en la garganta. Un dolor de uñas se le encaja en el vientre. Pero no tiene mucho tiempo para detenerse a reparar en la causa o cura de estos síntomas.Camina por la calle de Honduras esquivando las cuerdas que sostienen puestos ambulantes. Trae bajo el brazo un fólder con documentos para firma.

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