"carnal me gusta el alma y con alma la carne", lezama lima

27 de agosto de 2008

Lichiambulescas

v.
Hija de distraída y andariego, nací caminante y peatonal.

Mi mamá tuvo 2 vochos en su vida; a los 19 y por a'i de los 41. Ninguno le duró más de 3 meses; con ambos chocó porque se distrajo. De lo que recuperó del primero, se fue a Francia. Del cadaver segundo sacó una videocasetera.

Mi papá casi que llegó caminando al D.F. Jamás tuvo ni la más remota pretensión de comprar un auto o aprender a manejar. Es hombre de a pie. Se conoce la ciudad re-bien, y la anda más por aceras y banquetas que sobre ruedas.

Así, soy andariega. Me gusta hacer largas caminatas y prefiero el metro a casi cualquier otro transporte público.

Comencé a salir sola de casa a los 9 años, cuando me entró la necesidad mística y la devoción religiosa se me subió a la cabeza. Todos los días iba solita a misa de 7 p.m., a la Iglesia del Divino Redentor que estaba a 5 cuadras de mi casa, frente a la Plaza Grijalva. Tuve mi primera decepción metafísica antes de acabar el catecismo (terminé en cama, verdiamarilla del dolor en el alma), y renuncié a la feligresía y a ser parte de la fe regulada por la institución.

Pero me gustó lo de andar por la calle, y comencé a irme y regresarme sola de la escuela, que estaba en Río Duero.

Todos los días encontré, además, un pretexto para salir en la tarde: conseguir algo necesarísimo en la papelería, ir por chuchulucos a la dulcería o mis fanzines infantiles al puesto de periódicos, jugar con la vecinada en el parque, hacer parada en la heladería; visitar a mis amigas en sus casas; a Claudia, en Río Tigris y a Elizabeth, en Río Lerma. Acompañaba a Betty al trabajo de su mamá --el IMSS y hacía mandados en el Superama de Río Sena. Desde quinto de primaria, comencé a pasar horas enteras en la Biblioteca Pública que está allá por Sullivan y Parque Vía, junto a la escuela primaria Padre Mier.

Ya en sexto, atravesaba el puente de Circuito Interior, caminaba por Gutenberg y Ejército Nacional para llegar a casa de la Paloa (Paola era muy alta y flaca), en la Anzures.

A los 12 años mi límite para llegar sola a casa eran las 6 p.m.; a los 13, conseguí una hora más, y a los 14, otra. A los quince ya era yo una vagales, pata de perro, con la que mis papás tenían que luchar cada vez por las salidas y horas de llegada.

En la era secundariana, mis límites de deambulantaje en la ciudad eran, al sur, Copilco y Ciudad Universitaria (aunque alguna veces me escapé a Tlalpan y a Tepepan); al norte, pasando el Toreo, me iba con la Rochini hasta Villas de la Hacienda, a visitar a Jonás; al oriente, Aragón, en su límite con Ciudad Neza y la Impulsora (llegábamos en las micros que salían de Oceanía o Moctezuma, no había metro). El poniente sí era desconocido, quizá lo más lejos que llegué fue la 3a. Sección de Chapultepec. Aunque llegué con Rocío a hacer viajes a la casa de Selene, en Colinas del Sur.

Cuando estábamos en tercero, nos fuimos solitas a un concierto de Silvio en el Palacio de los Rebotes. Como nos quedamos a la otra, otra, otra y otra, salimos cuando se había ido el último metro. Anduvimos menseando por Pantitlán hasta las 2 de la mañana; sin dinero, y sin saber qué hacer. Quedamos la una con la otra en fingir seguridad y prestancia, y caminábamos como si fueran las 4 de la tarde en nuestro barrio. Tomamos un taxi, al que le hicimos la plática como si juéramos unas doñas, para que nos lo pagara Herlinda al llegar a casa. La experiencia de ese día nos inauguró en el caminaje aventurero nocturno.

Para cuando entré al Cedart, en 1992, yo ya me sentía la muy chingona andando por las calles. Tiro por viaje agarrábamos la pinta en banda o con el novio. ¡Ah!, sí, resulta que a mi novio, hijo y nieto de mecánicos, le prestaban una camionetota para los días y noches de paseo. A la prepa iba en un bocho gris, bellísimo, de 1967, cuidadísimo, con el que me traía a la casa. Ahí comenzó a gustarme la paseada en coche. Con ese bocho intenté mis primeras manejadas, pero me daba temor estropear el autecito. Por entonces fue que mi mamá comprose un vocho usado, como del 82, con el que comencé mis lecciones de manejo. No me fue difícil, pero más rápido murió el carrito que las ganas de seguir.

Total, no aprendí a manejar, y creció en mí un espíritu caminero que ha redundado en militancia peatonal.

...continuaré....

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