"carnal me gusta el alma y con alma la carne", lezama lima

1 de enero de 2014

1o. de enero de 1994, 20 años después.


Hace 20 años, despertamos en casa de mi tía, y tuvimos noticia del alzamiento indígena zapatista por la tele o la prensa, no me acuerdo bien. 
Lo que sí recuerdo es que nadie a mi alrededor entendía qué pasaba. En efecto --como nos recuerda Leonardo--, aparecían "tzetzales" de la supuesta nada selvática
para despertarnos a todxs de un extraño letargo.
Estábamos en segundo de prepa, en el CEDART Luis Spota, en la colonia Roma. El primer día de clases de ese enero, comentábamos todxs el asunto. Y fue gracias
al asombro general, y a la increíble genialidad de algunos de nuestrxs maestrxs (particularmente Carolina Olmedo, de Historia de México; Francisco Zavala, de Música;  Enrique Estrada, de Teatro y Carlos Beltrán, de Estética e Historia del Arte) que fuimos siguiendo al zapatismo, día con día, e incorporándonos a aquello que se llamó la "señora sociedad civil", porque sí, era como una mujer… (como Doña Caralampia Mondongo), para salir vitalmente a gritar que no estábamos dispuestxs a tolerar bombardeos y masacres contra la gente. 
En la clase de Historia de México, virtudes de la libertad de cátedra autónomamente ejercida, llevábamos un semestre de rebeldía al plan de estudios. Nuestra guía de estudio era la propia tesis de Carolina, sobre "el olvido de los dioses". La idea central era que quienes estas tierras habitaban a la llegada de los españoles, después de la violación de sus mujeres, el asesinato de sus hermanxs, la destrucción de sus libros sagrados, sus lugares de estudio y observación, sus espacios de artes y ciencias, su lengua, veían que la única opción de seguir vivos era quedar esclavos, sometidos. Entonces sintieron que sus dioses los habían abandonado, que se habían olvidado de ellos. No era una traición; no era un castigo; no era una lección… era un olvido. Entonces, supimos que llegaron a haber incluso suicidios colectivos. Casi todas mis compañeras y compañeros de generación estábamos impactadas y muy interesadas en la Historia de México, porque era, tal vez para todas en esa época, la primera vez que nos enseñaba la historia de nuestra patria una persona que, de inicio, proponía partir del punto de vista de los vencidos de las guerras de ocupación y conquista, los indios. Antes del 1o. de enero de 1994, hablábamos de indios, nahuas, mayas, zapotecas, etc. Antes del 1o. de enero de 1994, para nosotrxs los indios vivos eran los grupos más empobrecidos de la ciudad; las "marías". No sabíamos nada. No conocíamos nada. Después del 1o. de enero de 1994, todxs sentimos como un subidón de dignidad; así sin saber nada. Aún así éramos capaces de qué lado de la cancha había que estar. Todo estaba enmarcado en cada mirada. Los pasamontañas nos permitieron ver a las mujeres y a los hombres mayas vivos. Veíamos a los mayas vivos, y sentíamos una gran alegría, una conmoción histórica, en plena flor de la edad. La dignidad había salido de las profundidades y cavidades de un México que nunca de por sí había sido uno, ni un México… Los mayas vivos, con su insurrección rebelde, nos vinieron a dar una lección de dignidad, muy humilde y alegremente por cierto. Es decir, no se sentía un tono vanguardista tiralíneas ideológico guerrilleril. No, la mirada estaba conectando con el corazón, con la mente, con los pies, con las manos… y entonces podíamos vibrar, vibrábamos muchos en mismas frecuencias. Y eran experiencias que no todas podíamos verbalizar, desentrañar. Es cierto que discutíamos mucho, pero era un ambiente de algarabía, de disposición y atención, de creatividad. Luego, luego surgió la creatividad, y esa sensación de fuerza de espíritu caminante, constante.
 En el CEDART, Carolina nos propuso seguir día a día, las noticias periodísticas sobre el asunto. Cada quien traía una noticia, recortada y pegada en una hoja de papel. En la misma hoja había que escribir al menos un párrafo de nuestro propio análisis personal sobre la nota. Compartíamos en clase nuestras reflexiones, y contrapunteábamos con la tesis de Carolina. Además, gracias a la motivación y movilización general, había mucho material para investigar y estudiar. Aprendíamos la historia de una forma muy singular y fecunda, al tiempo que comenzábamos a entender el papel de 'la voluntad' en la historia. De la acción histórica, digamos. En este caso no se trataba de la acción voluntariosa de un individuo, sino de la voluntad histórica de pueblos, una voluntad histórica colectiva que no estaba movida en sus bases por vacíos recursos ideológicos o religiosos, no. Era una voluntad histórica colectiva  motivada por algo mucho más hermoso que las ideas, las aspiraciones, el hartazgo, la desesperación. Era algo muy profundo, que venía de tiempo inmemorial, pero adentro de corazones de personas únicas, y que era posible constatar en cada para de ojos. Eran ojos espejo, ojos misterio, ojos preguntativos, increpadores: ojos dignos. 
En la clase establecimos una relación entre la dignidad y el olvido. La dignidad es algo que nadie te puede quitar nunca, es algo intrínseco. No se da, no se quita. La única forma de perder dignidad, es haciendo uno actos indignos. La única forma de ser digno, es caminar de frente, con el compromiso de cuidar el corazón propio y el de nuestrxs compañerxs, porque, la dignidad te lo dice, somos el mismo corazón pulsan. El mismo. Y la dignidad es también el bálsamo que puede aliviar el dolor que sentimos ante el olvido de los dioses. Cuando sentimos que los dioses nos han abandonado, es porque ya no tenemos fuerza suficiente para resistir
Hay quien dice que dios o los dioses son el nombre que utilizamos para nombrar aquello que se siente como una entidad, ajena, otra, inmensa, incierta, vasta, a veces generosa, en veces hostil. Puede ser el trueno, puede ser el rayo, el sol, la fertilidad, la muerte. Puede ser, como es para el mundo cristiano, un papá de pelo blanco largo, castigador mala onda, o compañía dulce en feroces batallas. Lo que sea, dios, los dioses, es unx-mismx, somos nosotrxs. Pero nosotrxs, todxs, cada unx, somos esa entidad ajena, otra, hostil o generosa, firme o desidiosa, burlona o apapachadora, mágica o aburrida. Hay dioses para toda experiencia humana. Pero son también los dioses el refugio del rezo ante el miedo, ante el horror, la angustia, la tristeza, la desesperación y la impotencia. No me puedo imaginar lo que tuvieron que vivir los tatarabuelxs de nuestrxs abuelxs, lo que tuvieron que ver, enfrentar, enterrar, guardar, esconder, tragarse, desaparecer… hasta desaparecer ellxs mismxs en sus baños revueltos de sudor, lágrimas, tierra y sangre. Pero la dignidad, nos enseñó el EZLN en 1994, es la semilla que renace.
Así, pues. Cumplimos 20 años de esa lección. Las otras cosas que hemos podido aprender es que se vive a diario la historia, la memoria, la dignidad. Y que caduquién encuentra su lugar en el mundo (o no); su tiempo, su espacio. Hoy, 20 años después, puedo decir que mi corazón agradece infinitamente a esas mujeres y hombres, niñxs, ancianos, perros, insectos, aves, ríos, selvas, montañas, bosques, lagos, mares, ciudades, pueblos y corazones de la Selva Lacandona, de tierras altas y bajas, tieras Mayas. Una vez, unxs compas de allá nos dijeron "todxs somos mayas"; "si quieres ser maya, puedes ser maya; maya es quien ama la tierra, por eso acá todxs somos mayas". Entonces, decidí ser también maya. Eso está más allá de la lengua, más allá de los conocimientos, o las posiciones ideológicas. Para mí, es un gesto de agradecimiento sinfín, y un gesto propiciatorio, de iniciación en el amor y la autonomía. Y sólo por eso, ¡larga vida a los pueblos mayas insurrectos de México y Guatemala! ¡Larga vida las nanas y a los tatas! ¡Gracias EZLN y comunidades zapatistas de base, de apoyo! Honremos a quienes resguardan aún el corazón que no se olvida de sí mismo, el corazón de la Tierra. Y, hace falta decirlo, larga vida a todxs lxs dignxs y tenaces extraterrestres y terrestres que son mayas o son yaquis o naguas o mazahuas o purépechas o zapotecas, o navajos o mapuches o italianxs o alemanes o japoneses o argelinxs o australianos o neoyolquinos o algonquinos, a  todos los pueblos indígenas de América, y de todo el mundo, que no nos han abandonado, no nos han olvidado. No los abandonemos nosotrxs. ¡Felices 20, EZLN!

Lich








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